domingo, 14 de julio de 2013

El estado colombiano III William Ospina

¿Qué hay detrás de todo esto? Por: William Ospina | Elespectador.com Opinión | Sab, 07/13/2013 - 22:00 Cuando en otros países se preguntan qué hay detrás de los hechos, están tratando de identificar las causas; cuando se lo preguntan en Colombia, están tratando de encontrar un culpable. En Brasil, después de años de invertir en la comunidad y de un esfuerzo generoso por disminuir la pobreza, el gobierno de Dilma Rousseff, ante el estallido de las protestas populares que piden profundizar la democracia, ofrece a los manifestantes una constituyente. En Colombia, después de décadas de abandono estatal, de exclusión y de desamparo ciudadano, el gobierno, ante el estallido de las protestas, sólo se pregunta qué demonio está detrás de la inconformidad popular. ¿Hasta cuándo les funcionará a los dueños de este país la estrategia de que cuando la gente reclama y se indigna, cuando estalla de exasperación ante una realidad oprobiosa que nadie puede negar, la causa tiene que ser que hay unos malvados infiltrados poniendo a la gente a marchar y a exigir? Cuando los voceros tradicionales de nuestro país se preguntan ¿qué hay detrás del Catatumbo?, podemos estar seguros de que no van a descubrir tras esas protestas la injusticia, la miseria y el olvido del Estado. No: detrás ha de estar el terrorismo, algún engendro de maldad y de perversidad empeñado en que el país no funcione. Quién sabe cuánto tiempo les funcionará la estrategia. Una estrategia muy triste, muy antidemocrática, pero que no es nada nuevo. Uno se asombra de que la dirigencia colombiana tenga esa capacidad escalofriante de no aprender de la experiencia, de repetir ad infinitum una manera de manejar el país para la cual todas las expresiones de inconformidad son siempre sospechosas. Y es posible que haya algún infiltrado, pero una golondrina no borra la noche. Hace demasiado tiempo que protestar en Colombia es sinónimo de rebeldía, de maldad y de mala intención. Todavía flota en la memoria de la nación esa masacre de las bananeras, que no es una anécdota de nuestra historia sino un símbolo de cómo se manejaron siempre los asuntos ciudadanos. En toda democracia verdadera, protestar, exigir, marchar por las calles es lo normal: es el modo como la ciudadanía de a pie se hace sentir, reclama sus derechos, muestra su fuerza y su poder. Y en todas partes el deber del Estado es manejar los conflictos y escuchar la voz ciudadana, no echar en ese fuego la leña de la represión al tiempo que se niegan las causas reales. Pero si un delegado de Naciones Unidas dice una verdad que aquí nadie ignora, que “la población allí asentada reclama al Estado, desde hace décadas, el respeto y la garantía de los derechos a la alimentación adecuada y suficiente, a la salud, a la educación, a la electrificación, al agua potable, al alcantarillado, a vías, y acceso al trabajo digno”, y añade que la muerte de cuatro campesinos “indicaría uso excesivo de la fuerza en contra de los manifestantes”, este Estado, que nunca tiene respuestas inmediatas para la ciudadanía, no tarda un segundo en protestar contra la abominable intromisión en los asuntos internos del país; el Congreso se rasga las vestiduras, las instituciones expresan su preocupación, las fuerzas vivas de la patria se indignan y los medios se alarman. Nadie pregunta si las Naciones Unidas han dicho la verdad, defendiendo a unos seres humanos que son nuestros conciudadanos, una verdad de la que todo el mundo debería poder hablar, así como nosotros podemos hablar de Obama y de Putin, o de los derechos humanos en China. Para esas fuerzas tan prontas a responder, el funcionario está irrespetando al país. Y el irrespeto que el país comete con sus ciudadanos se va quedando atrás, en la niebla, no provoca tanta indignación. Así fue siempre. Aquí, en los años sesenta y setenta a los estudiantes que protestaban no les montaban un escándalo mediático: les montaban un consejo verbal de guerra. Todo resultaba subversivo. Las más elementales expresiones de la democracia: lo que en Francia y en México hacen todos los días los ciudadanos, y con menos motivos, aquí justificaba que a un estudiante lo llevaran ante los tribunales militares y lo juzgaran como criminal en un consejo de guerra. Y los directores de los medios de entonces, que eran padres y tíos de los actuales presidentes y candidatos a la presidencia, no veían atrocidad alguna en la conducta del Estado sino que se preguntaban, como siempre, qué maldad estaría detrás de esos estudiantes diabólicos. Siempre la misma fórmula. Tal vez por ella se entiende que, hace un par de años, un exvicepresidente de la República, sin duda nostálgico de aquellos tiempos en que el papel de los medios era sólo aplaudir al Estado, se preguntaba ante una manifestación estudiantil pacífica por qué la policía no entraba enseguida a inmovilizar con garrotes eléctricos a esos sediciosos. Esos son nuestros demócratas: la violencia de un Estado que debería estar para servir a la gente y resolver sus problemas, merece su alabanza; pero el pueblo en las calles, que es el verdadero nombre de la democracia, les parece un crimen. Quizá por eso algunos piensan que ese personaje debería gobernar a Colombia: se parece tanto a nuestra vieja historia, que sería el más indicado para perpetuarla. Ahora bien: si las verdades las dicen las Naciones Unidas, son unos intervencionistas; si las decimos los colombianos, somos unos subversivos, ¿entonces quién tiene derecho aquí a decir la verdad? ¿Y hasta cuándo tendremos que pedir permiso para decirla? Dirección web fuente: http://www.elespectador.com/opinion/hay-detras-de-todo-columna-433448

El estado colombiano II - Piedad Bonnett

Cuestión de imagen Por: Piedad Bonnett | Elespectador.com Opinión | Sab, 07/06/2013 - 22:00 Todo podría haber sido sencillo y claro. Si cuando un patrullero de la Policía, en un acto irreflexivo, disparó por la espalda a un inocente grafitero, sus compañeros hubieran procedido de acuerdo con los protocolos estipulados, no se habría desencadenado esta espiral de mentiras que tiene hoy a treinta personas al borde de la cárcel y a la ciudadanía justamente escandalizada. Pero lo que inmediatamente se desató fue una dinámica perversa de ocultamiento que como un remolino fue engullendo desde coroneles y tenientes hasta simples patrulleros, que ahora deben probar su inocencia. Esta lista, que comprende toda una cadena de mando y algunos civiles cómplices, comprados o amenazados, muestra, como en cualquier tragedia de Shakespeare, que una vez se ha echado a rodar la bola de nieve del mal, ya nadie puede detenerla. Lo que hicieron los encubridores con sus manipulaciones fue cavar un camino sin regreso. “He ido tan lejos en el lago de la sangre —dice Macbeth— que si no avanzara más el retroceder sería tan difícil como el ganar la otra orilla”. El repertorio de personajes de la obra —según lo planteado hasta ahora por la Fiscalía— es amplio: un patrullero que dispara contra un joven por una transgresión que está lejos de ser un delito y luego se niega a confesar su error. Sus compañeros que, mostrando un equivocado sentido de la solidaridad de cuerpo, y una formación ética indigna de su papel social, dejan sin custodia la escena del crimen; un abogado inescrupuloso que apenas llega al lugar de los hechos urde una trama, consigue un arma, hace que la disparen y borra toda huella para fingir un enfrentamiento; un par de coroneles que obligan a sus subalternos a un pacto de silencio, con amenazas veladas; un conductor de bus que asegura que fue atracado por el grafitero; una esposa cómplice; una teniente que se reúne con ellos para presionar la denuncia; varios miembros del equipo de comunicación que tergiversan la versión del crimen; un coronel que supuestamente orquesta toda la operación. Unos padres que han hecho hasta lo imposible porque se haga justicia y que hoy temen por su vida. Y algunos extras. ¿Por qué un caso de exceso policial, fácilmente juzgable y condenable, se convierte en esto? ¿Qué lleva a un número tan considerable de personas a intervenir en esta tragedia, que comienza con un asesinato y termina en un tribunal? Otra vez, como en las obras de Shakespeare, las más diversas pasiones: la cobardía, el miedo, la soberbia que nace del poder, la estupidez, la ambición y hasta la maldad pura, que es la del que usa como evidencia un arma que manda a comprar en cualquier parte. Pero hay una razón que pareciera haber pesado mucho, y que a mí me parece, por fútil, la más reprochable: que algunos de esos jefes de Policía querían evitar el escándalo, o en otras palabras, no dañar la imagen de la institución, sobre todo porque en ese momento se realizaba el Mundial Sub-20. ¡Qué tal el precio! Una cadena de podredumbre para preservar una imagen. Que hoy, por supuesto, ha resultado doblemente dañada, y que ha probado, una vez más, que en este país hasta la sal se corrompe. Dirección web fuente: http://www.elespectador.com/opinion/columna-432069-cuestion-de-imagen

lunes, 4 de julio de 2011

El arte de la salud - William Ospina

Esta bella y provocadora nota de Wiliam Ospina nos propone, a los médicos -incluyo bajo esta denominación a todos quienes nos propusimos en la vida cuidar la salud y la vida de los seres humanos (bueno, eso suena bastante pretencioso)-, un reto bastante interesante, inteligente y hermoso, el de adentrarnos en otros campos que, finalmente, nos proporcionarán grandes goces. Algo de esta nota nos recuerda, también, aquella frase de José de Letamendi: El médico que sólo sabe medicina, ni medicina sabe
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EL ARTE DE LA SALUD

Por: William Ospina | Elespectador.com

Es un error pensar que la medicina puede encargarse de resolver todos los problemas de la salud.
La enfermedad suele tener una causa física, pero siempre revela un desajuste entre el cuerpo y el espíritu, entre la materia y el alma, entre el mundo y el lenguaje. Por eso son tan importantes los afectos, las palabras, los libros, como instrumentos poderosos en el proceso de reencuentro con la plenitud de la vida y del cuerpo.
Algún columnista hablaba en estos días de la situación que se describe en La montaña mágica de Thomas Mann, donde hombres que convalecen, apartados del mundo, en un sanatorio de las montañas, discurren sobre todos los temas imaginables como si estuvieran resanando las grietas de la historia, las fisuras del pensamiento, los males de la imaginación.
La literatura es también un bálsamo cicatrizante, una pócima curativa, un gran remedio, mal que les pese a quienes temen que convertir estas cosas sublimes en instrumentos terapéuticos sea rebajarlas o degradarlas. Así como la capacidad de cicatrizar es uno de los grandes misterios de la vida, aliviarse no es cosa trivial, recuperar la vitalidad, la alianza armoniosa del cuerpo y el espíritu es uno de los hechos milagrosos de la condición humana; y combinar las sustancias químicas con las espirituales, las terapias físicas con las artes del lenguaje, la medicina con el pensamiento, son altos recursos de sabiduría.
Siempre he pensado que los hospitales deberían ser también grandes bibliotecas, espacios de la música y del arte, escenarios de la creación y la conversación; pienso que no se han utilizado suficientemente en la historia los recursos del lenguaje, la belleza y la armonía para devolverle al cuerpo equilibrio, voluntad y entusiasmo.
Nunca como cuando he estado enfermo he necesitado tanto de la conversación inteligente, de la lectura filosófica y de la imaginación activa. Nunca he sentido tan necesario el contacto con la naturaleza, con bosques vivos y aguas puras, con el aire fresco y el espectáculo de la vida silvestre.
Es verdad que una de las posibilidades de la enfermedad es la muerte: ésta siempre será más dulce en un medio afectuoso, bello, sereno, cargado de la seriedad de las cosas grandes, de esas que nada asume con mayor plenitud que la poesía y las artes. Pero la principal de las posibilidades de la enfermedad es la reconciliación con los misterios de la condición humana, un reconcentrarse en las más antiguas preguntas y los más elevados propósitos, y nada es tan saludable como no confundirse con la enfermedad: tomar partido por todo lo que sigue siendo sano, por la razón que piensa bien, por la imaginación que inventa bien, por el lenguaje que razona con lucidez, comunica con pasión, se ordena con belleza y discurre con sinceridad y con alegría.
La enfermedad es una oportunidad de reencontrarse con el cuerpo, con los elementos, con los milagros del movimiento, la sensibilidad, la intuición y la fantasía. “Ni siquiera podemos saber qué tan ricos o pobres somos —decía Chesterton— porque todo es regalo”. Pero qué bien le sientan a un convaleciente la lectura del Zarathustra de Nietzsche o de las Hojas de hierba de Walt Whitman, del Hiperión de Hölderlin, del Banquete de Platón o de Los alimentos terrestres de André Gide, de los Idus de marzo de Thornton Wilder o de La Tempestad de Shakespeare, de las Mil y una noches o de La monja Alférez de Thomas de Quincey, del César y Cleopatra de Bernard Shaw o de las Sátiras de Marcial, de la Oda a un ruiseñor de John Keats o del Tema de las mutaciones del mar de John Peale Bishop, textos saludables, altaneros, llenos de vida y de lucidez, siempre deliciosos y a veces impúdicos, que hicieron inmortales a sus autores y que le contagian un poco de desafiante inmortalidad a todo el que los lee.
Es verdad que existen, para casos extremos, el milagro químico y el milagro quirúrgico, pero esos milagros no pueden ser suficientes. Cada quien debe saber con qué música se alivia. Cada quien sabe, o debería dedicarse a descubrirlo, para qué enfermedades son bálsamos el Jardín de las delicias del Bosco, las Meninas de Velásquez, los grabados de Durero o la Niña guiando al minotauro ciego de Pablo Picasso.

Dirección web fuente:
http://www.elespectador.com/impreso/opinion/columna-281536-el-arte-de-salud

domingo, 4 de enero de 2009

Comunicado de prensa de Ciudadanos por la vida

Ante todo, este comunicado se encuentra en el enlace siguiente de Facebook:

http://en-gb.facebook.com/topic.php?uid=44339676626&topic=5752

Lo publico porque yo también estoy preocupado por la indiferencia de la sociedad ante estos hechos que debilitan las bases de la sociedad y la convivencia.

Ver la página de Ciudadanos por la vida: http://www.nofalsospositivos.com/

Este es el texto del comunicado:

• Más de 1.000.000 de mensajes recordando a las víctimas de estos hechos serán repartidas a través de impresos, correos electrónicos y redes sociales.

• La iniciativa busca la solidaridad de los colombianos

• Invitación a reflexionar sobre desaparición de jóvenes y los montajes de sus muertes

• La tarjeta de Navidad, que tiene las fotos de las madres de los desaparecidos de Soacha, se puede descargar en www.nofalsospositivos.com

• La iniciativa es liderada por académicos, intelectuales y periodistas.

(Bogotá, Diciembre 18 de 2008) Intelectuales, académicos, investigadores, artistas, caricaturistas, entre otros líderes del país, se han unido bajo el lema Ciudadanos por la Vida para promover en esta navidad una tarjeta que recuerda a los desaparecidos por los falsos positivos y para reflexionar colectivamente sobre este hecho atroz.

La iniciativa, liderada por Antanas Mockus, Rudolf Hommes y Claudia López, pretende que el mensaje le llegue a más de 1.000.000 de personas por diversos medios, con la intención de que en el país se cree conciencia sobre la gravedad de los falsos positivos, con la esperanza de que no se repitan nunca más.

La iniciativa, a la cual se han sumado un importante grupo de personas, surgió de la necesidad de recordar y reflexionar sobre estos hechos que han sido denunciados desde hace cinco años, pero sólo fueron develados masivamente este año.

“Al mandar o recibir la tarjeta “no más falsos positivos”,expresamos nuestra solidaridad pero también nuestra censura radical a los autores de los crímenes, sean grupos ilegales o fuerzas del Estado”, señaló Antanas Mockus, uno de los líderes de la iniciativa.

Los falsos positivos son un tema muy grave para el país. Sin embargo, otros temas coyunturales impidieron tratarlo a fondo y darle la debida atención.
La tarjeta de Navidad, que tiene la foto de las madres de los desaparecidos de Soacha, del reportero gráfico de El Espectador Oscar Pérez, circulará en los principales medios del país. Así mismo, ha sido creada en la página web www.nofalsospositivos.com donde puede descargar la tarjeta y enviarla a sus conocidos. En las redes sociales como Facebook miles de personas ya se han sumado a la iniciativa.

Los líderes de la iniciativa, Claudia López, Antanas Mockus y Rudolf Hommes, se reunirán con los familiares de las víctimas para entregarles personalmente la tarjeta el próximo 20 de Diciembre. El recorrido se iniciará en la plaza principal de Soacha a las 10 de la mañana, en donde los líderes harán un acto simbólico para enviar el mensaje todo el país.

Hemos estado preocupados por la indiferencia de la sociedad ante estos hechos que debilitan las bases de la sociedad y la convivencia. El Estado colombiano no posee todos los mecanismos de control necesarios para impedir que vuelvan a ocurrir crímenes perpetrados por personas que creen estar autorizados para cometerlos. Por eso es indispensable que la sociedad civil intervenga y haga público su rechazo como mecanismo de control social. Ciudadanos por la vida tiene precisamente ese propósito“, señaló Rudolf Hommes, otro de los promotores de la iniciativa.

Más información sobre las tarjetas y el evento en la plaza central de Soacha:
Sandra Gutiérrez- Celular 311 2123018. Tel 2454328

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Las muertes gratuitas Por Eduardo Escobar

Amigos:

Antes de transcribir esta columna de Eduardo Escobar, mi comentario:

Tal como lo escribí el lunes pasado en este Blog, cuando puse allí la columna de Carlos Villalba Bustillo, estas palabras de Eduardo Escobar reflejan muy bien lo que está pasándonos. Es serio. Apocalíptico. Entonces, hay que comenzar a actuar. Propongo la marcha diaria, permanente. Este año se completarán como 5 marchas, con la que está prevista para diciembre. Digo 5, refiriéndome a las que fueron masivas y nacionales, comenzando por la del 4 de febrero y la del 6 de marzo. Eso está bien, hay que sacudirse. Pero siendo la cosa tan grave, el sacudón debe ser más fuerte y duradero, hasta que definitivamente cambiemos esto. No podemos seguir aceptando, ni por acción ni por omisión, que matar al enemigo o al "malo" sea la salida facilista para los conflictos. Somos peores que los irracionales animales; ellos no matan con la sevicia que estamos viendo. Y alarguemos el asunto: estamos matándonos de muchas formas, no solo con la que nos deja sin los signos vitales y concluye en una sepultura; también nos estamos matando sicológicamente, socialmente, emocionalmente. Matamos el afecto, matamos los sueños, matamos las ilusiones. Matamos el buen ánimo. Matamos, entonces, el bienestar; imperan, en consecuencia, el engaño, el estrés, el aislamiento. ¡Y el autoengaño! Sí: nos arrogamos el ser poseedores de la verdad. Entonces, los demás son los que mienten, los equivocados, los "malos". Y cuando se nos sale el "bondadoso", pasamos a la tolerancia extrema, la que deja que pasen esos eventos destructivos de la sociedad, la de creer que un mesías nos está salvando y que nosotros lo único que tenemos que hacer es elegirlo, ungirlo. No, un país, el mundo lo construimos entre todos, porque también lo destruimos entre todos; bueno, a veces bastan unos pocos para destruir todo. Pero si esto ocurre, es porque los demás no lo defendieron.

Bien, sencillo: comencemos mirándonos un rato al espejo, para comenzar a ver, a descubrir lo perverso de cada uno de nosotros; eso hay que combatirlo, con firmeza, pero con cuidado. Y salgamos a convencer, a trabajar con los otros para combatir lo perverso de los otros. La tarea es durísima, pero comencemos a pensar en qué acción, pequeña o grande, podemos ejecutar. Siempre con cuidado: Primum non nocere

Desconfiemos de nuestra verdad, no tanto como para paralizarnos y no actuar, pero sí lo suficiente para estar atentos a escuchar y escuchar. Hay que ser osados, sí, pero minimizando riesgos.

Bueno, dejo acá por hoy, pero no hay duda de que hay que actuar. No matemos a nadie, eso sí. Es un contrasentido que promovamos la pena de muerte para los que matan. Ahí comienza a flaquear nuestra valoración de la vida. Y ahí se relativiza todo. Así como basta robarse los primeros diez centavos para abrirse el camino para llegar a robar los miles de millones que tantos se han robado. Se comienza matando al malo asesino y se pasa a matar a cualquiera que haga algo "malo". Miremos la historia de la humanidad. Repetición de la repetidera. Y, entonces, un día, todos son malos: no piensan exactamente como yo. Y yo poseo la verdad. Entonces el otro es malo y no debe vivir. ¡Y hasta me encomiendo a la Virgen para no fallar en mi acto asesino!

Otra vez, dejemos hasta acá. Sigamos hilvanando más ideas. Pero actuemos. Esto debe parar, esto debe ser mejor, más agradable; pero para todos, no solo para mí.

Leamos: hay ciencia contemporánea que nos está mostrando muy buenos caminos, muy buenos ejercicios de convivencia.

De Eduardo Escobar en El Tiempo

Las muertes gratuitas

Hace años, los hijos de papi de Medellín y Pereira, mezclados a los de los primeros traquetos con ínfulas de omnipotentes, divertían las noches baleando a mendigos en los portales, al azar, por darse el lujo del desprecio. Gonzalo Arango había publicado antes, en Nadaísmo 70, la revista del movimiento, la mejor de sus crónicas: 'Planas. Crimen sin castigo'. Un niño indígena del Meta contaba que un general le puso electrodos en los testículos. Y contaba cómo los alcaldes, personeros, policías y colonos salían ciertas tardes a practicar el deporte de nobles de la caza. Es decir, a cazar indios en los montes. La saludable actividad se llamaba cuiviar. Que significa cazar cuivas como venados o como gurres.

Uno de los implicados dijo en la entrevista radial puntual -la entrevista forma parte del rigor del rito asesino- que no sabía que era malo. Todo el mundo lo hacía. Una vez invitaron a los indios a comer sancocho envenenado. A los que tardaban en morirse los remataban a palos o los enterraban vivos en el patio.

Esas cosas suscitan preguntas espinosas, puesto que nos incumben, acerca de la verdadera índole de los colombianos. Aunque tienen la democracia más sólida de Latinoamérica y son uno de los pueblos más felices de la Tierra en las encuestas de la felicidad.

Los estudiantes de medicina de una universidad de Barranquilla, ante la falta de cadáveres para los cursos de anatomía, los hacían en la carne roñosa de los pordioseros que iban a dormir en los jardines del alma máter. Los mataban a tiros, para no dañarlos. Y los echaban en las mesas heladas de los futuros sabios de la higiene. Una pandilla de abogados de Ibagué, en otra trama espeluznante de la picaresca nacional del derecho, adoptaba indigentes. Los engordaban, los acicalaban hasta dejarlos hechos unos soles, los aseguraban, y los tiraban por un puente. La práctica del derecho a veces se confunde con la triquiñuela para la malicia indígena. Y la medicina...

El último escándalo del soberbio espanto nacional, la iniquidad de los muchachos de todas partes baleados en los potreros de todas partes, reclutados entre los hambrientos de las ciudades para cambiar sus despojos por días libres en las brigadas, es apenas el último episodio de una crónica larga de infamias extremas. Los lugares carecen de importancia, las circunstancias, y los nombres de los verdugos y las víctimas. Son meras apariencias, casualidades. Lo que importa es el fracaso que esas cosas implican. La sangre fría como síntoma de una sociedad postrada.

La culpa es imposible. O es de todos. En la dialéctica del Mal, la víctima y el verdugo forman un solo animal que busca redimirse en la degradación. Representan el drama de un fracaso. El fracaso de los púlpitos de los obispos, de los políticos que conducen las masas a sus destinos, de los maestros encargados de la educación de todos, de las filosofías, del sistema de comunicación y hasta de los escritores de los periódicos y de los que publican libros. Como uno. Cómo cada palabra que digo multiplica el horror, cómo un comentario podrido, o ligero, atiza el fuego de mi infierno, cómo mis sueños secretos envilecen mi vigilia.

Es terrible una nación donde la gente ya no mata por amor, por odio, o por desdén, o por plata, como en todas partes. Donde se compra con un cadáver una licencia de soldado. Y una mano cortada se tasa en el reglamento.

Pero el defecto no es de las reglas. Ni del aparato de sapos y recompensas. Lo peor es la desvalorización atroz de la vida, la minimización abusiva del Otro, la confusión de todo, el vacío inconsciente, la descomposición en un caldo de sombras. En paranoia pura, en asco puro, en desesperanza pura. André Breton dijo con perfecta irresponsabilidad que el acto surrealista supremo es salir a la calle y disparar contra la multitud. Eso dejó de ser surrealista hace tiempos entre nosotros. Para ser pan de cada día. Y no tiene pizca de poético.


Eduardo Escobar

lunes, 3 de noviembre de 2008

El tamaño de nuestro drama Por Carlos Villalba Bustillo

Doy paso al columnista de El Espectador Carlos Villalba Bustillo, porque, en breves palabras, resume lo que es Colombia actualmente. Otro columnista del mismo periódico, un siquiatra, Rafael Hernando Salamanca, hablando de otro tema, igual de trascendental, nos recuerda por qué no nos damos cuenta del real estado de las cosas, de lo grave de la situación: La psiquiatría y la psicología saben, desde Freud y Nietzsche, que los humanos manejamos el impacto de las malas noticias mediante la negación. Cada vez que nos alcanza la muerte de un ser querido o se nos diagnostica un cáncer, la respuesta es un mecanismo protector de defensa: “No es cierto”. Así el organismo se da un respiro para asimilar algo que lo inundará de dolor. Igual sucede en la psicología colectiva. Esa negación generalizada permite que la fiesta continúe.

Veamos, sin más, la columna de Carlos Villalba

http://www.elespectador.com/columna-el-tamano-de-nuestro-drama
El tamaño de nuestro drama
Por: Carlos Villalba Bustillo
Nos llamaban país culto y violento cuando cada cuatro o cinco años se declaraba una guerra civil en Colombia. Y se extrañaban de la paradoja los hispanoamericanos, los norteamericanos y los europeos.Era cierto, en buena parte, y nosotros mismos nos encargábamos de pregonar que el sectarismo podía más que la cultura. Un día creímos que entendiéndonos políticamente se acababa todo, pero fue peor. Excluimos del acuerdo a las minorías y nos respondieron con otra clase de violencia que todavía existe. Y ésta generó otra que también existe, y ahí se fueron apilando.Pero la depravación entre los colombianos está llegando a niveles inimaginables, porque cuando hasta los padres sacan sus instintos criminales contra los hijos, que son carne de su carne y sangre de su sangre, no hay poder humano que ataje el desplome de nuestros resortes morales. La indolencia y la codicia barrieron de nuestra conciencia las represiones que nos mantenían dentro de límites normales. En una sociedad donde la familia se desintegra, la convivencia es inalcanzable.Los últimos falsos positivos, que suman más de cien jóvenes muertos, y el secuestro y asesinato de un párvulo de sólo once meses, impiden un juicio sereno sobre la descomposición psíquica que impera en el ambiente nacional. No hay excepciones: todos los núcleos políticos y sociales son protagonistas y por lo tanto responsables del turbión de atrocidades que empeoran día tras día en los escenarios más variados: los hogares, los colegios, el campo, los barrios de las grandes ciudades.De poco han servido los mecanismos de protección de los derechos humanos que nuestra Constitución y nuestras leyes han consagrado. Los desquiciados y los desinhibidos los irrespetan ahora más que nunca, sin miedo a la cárcel y al escarnio. Creer que los asustamos con la cadena perpetua o con la pena de muerte es una ingenuidad. Padecemos un problema de cultura: los colombianos andamos en la cultura de la transgresión. Transgredimos la ley, los valores, la ética, las costumbres, el sentido de la vida y nuestros propios sentimientos, siempre en función de un interés.En Colombia hay más voluntad política y recursos para los subsidios electorales de Familias en Acción que para poner a salvo de la violencia intrafamiliar a las mujeres y a los niños. De modo aislado, en Bogotá, Medellín, Pasto y ahora en Cartagena se avanza en la formalización de una política con diagnósticos y metas para replantear la visión del sector público sobre la situación de las mujeres, su papel dentro de la familia, su condición de madres y su participación en la vida democrática. Pero en el epicentro del poder las agobia el desamparo.Por eso, al mismo tiempo que seguimos hablando de penas y de reformas a los códigos tenemos que pensar cómo restauramos, en este país donde vive la gente más feliz del mundo a pesar de todo lo que nos ocurre, el nivel de dignidad y humanismo que nos libere de un Apocalipsis. No basta con que el Presidente asista a las exequias de Luis Santiago Lozano, ni que diga que su gobierno endurecerá la mano contra los falsos positivos, ni que repita en los consejos comunales su estribillo contra el terrorismo. Parodiando a Martín Fierro, si tiene la presa de la reelección segura, que no deje dormir la causa, que es la regeneración de un pueblo que puede viajar por las carreteras, pero cuyos niños no están seguros ni en su propia casa. Ese es el tamaño de nuestro drama.

Carlos Villalba Bustillo

Para terminar, transcribo la parte final de la columna del siquiatra, con la aclaración de que en donde pongo Colombia, decía el mundo, en una parte, y la humanidad en la otra:

“Denial”. Negación era la razón primordial por la cual Colombia seguía tan campante. La única manera de despertar es insistir, echando una y otra vez la verdad a la cara como un psicoterapéutico baldado de agua fría. Aún así, Colombia permanecerá dormida en tanto la tierra arde.

domingo, 10 de agosto de 2008

Al hombre lo engaña el presente


Los buenos caricaturistas escriben todo un ensayo, todo un editorial en un sencillo cuadrito. Esto pasa con la caricatura de antier de Jarape (Jairo Peláez Rincón) en El Espectador. Resume en gran medida lo que somos hoy como país. Este país que es el más piadoso del mundo. Digo piadoso porque, especialmente en los últimos días -y desde hace unos seis años-, defendemos -al menos el 76% o el 84% de los colombianos, no sé cómo se ha movido el termómetro de la opinión u opinómetro- la profusión de mentiras piadosas. Hace unos meses les decía que en este país nos encanta -más aún, necesitamos- que nos digan mentiras. Pues sí, ahí está clarísimo el ejemplo: ante algunas críticas sobre las mentiras -logos de cruces, de emisoras, de ONG, etc.-, se vino la avalancha de defensas de las mentiras. ¡Y todas son piadosas! Sé, y lo uso, que las mentiras tienen su papel en la vida -importante papel- pero ya se está convirtiendo en nuestra forma de ser, validada, recomendada, alabada. Ya nos decimos y nos dicen tantas mentiras que ya nos las creemos todas. Y todo vale, vale matar, vale cortar manos, vale engañar y engañar, vale hacer trampas.

Ante todo ello digo, y no es un discurso moralista: hay que parar esta manera de pensar y de actuar, vamos para el desbarrancadero. Nos vamos a destrozar. Bueno, bueno, paro y retomo una de mis primeras notas en este Blog y digo: quizá no; antes de llegar al desbarrancadero algo puede pasar, no tengo ni idea qué, y...¡nos salvamos! (obvio, de todos modos, muchos morirán y sufrirán mientras tanto).

Bien, y también mientras tanto, les hago llegar el enlace de la caricatura de Jarape. Su texto es todo un ensayo: Al hombre lo engaña el presente. Por eso será el futuro el que diga lo que realmente pasó en Colombia en esta época.

http://candidacartoon.blogspot.com/



Cándida
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