lunes, 4 de julio de 2011

El arte de la salud - William Ospina

Esta bella y provocadora nota de Wiliam Ospina nos propone, a los médicos -incluyo bajo esta denominación a todos quienes nos propusimos en la vida cuidar la salud y la vida de los seres humanos (bueno, eso suena bastante pretencioso)-, un reto bastante interesante, inteligente y hermoso, el de adentrarnos en otros campos que, finalmente, nos proporcionarán grandes goces. Algo de esta nota nos recuerda, también, aquella frase de José de Letamendi: El médico que sólo sabe medicina, ni medicina sabe
.

EL ARTE DE LA SALUD

Por: William Ospina | Elespectador.com

Es un error pensar que la medicina puede encargarse de resolver todos los problemas de la salud.
La enfermedad suele tener una causa física, pero siempre revela un desajuste entre el cuerpo y el espíritu, entre la materia y el alma, entre el mundo y el lenguaje. Por eso son tan importantes los afectos, las palabras, los libros, como instrumentos poderosos en el proceso de reencuentro con la plenitud de la vida y del cuerpo.
Algún columnista hablaba en estos días de la situación que se describe en La montaña mágica de Thomas Mann, donde hombres que convalecen, apartados del mundo, en un sanatorio de las montañas, discurren sobre todos los temas imaginables como si estuvieran resanando las grietas de la historia, las fisuras del pensamiento, los males de la imaginación.
La literatura es también un bálsamo cicatrizante, una pócima curativa, un gran remedio, mal que les pese a quienes temen que convertir estas cosas sublimes en instrumentos terapéuticos sea rebajarlas o degradarlas. Así como la capacidad de cicatrizar es uno de los grandes misterios de la vida, aliviarse no es cosa trivial, recuperar la vitalidad, la alianza armoniosa del cuerpo y el espíritu es uno de los hechos milagrosos de la condición humana; y combinar las sustancias químicas con las espirituales, las terapias físicas con las artes del lenguaje, la medicina con el pensamiento, son altos recursos de sabiduría.
Siempre he pensado que los hospitales deberían ser también grandes bibliotecas, espacios de la música y del arte, escenarios de la creación y la conversación; pienso que no se han utilizado suficientemente en la historia los recursos del lenguaje, la belleza y la armonía para devolverle al cuerpo equilibrio, voluntad y entusiasmo.
Nunca como cuando he estado enfermo he necesitado tanto de la conversación inteligente, de la lectura filosófica y de la imaginación activa. Nunca he sentido tan necesario el contacto con la naturaleza, con bosques vivos y aguas puras, con el aire fresco y el espectáculo de la vida silvestre.
Es verdad que una de las posibilidades de la enfermedad es la muerte: ésta siempre será más dulce en un medio afectuoso, bello, sereno, cargado de la seriedad de las cosas grandes, de esas que nada asume con mayor plenitud que la poesía y las artes. Pero la principal de las posibilidades de la enfermedad es la reconciliación con los misterios de la condición humana, un reconcentrarse en las más antiguas preguntas y los más elevados propósitos, y nada es tan saludable como no confundirse con la enfermedad: tomar partido por todo lo que sigue siendo sano, por la razón que piensa bien, por la imaginación que inventa bien, por el lenguaje que razona con lucidez, comunica con pasión, se ordena con belleza y discurre con sinceridad y con alegría.
La enfermedad es una oportunidad de reencontrarse con el cuerpo, con los elementos, con los milagros del movimiento, la sensibilidad, la intuición y la fantasía. “Ni siquiera podemos saber qué tan ricos o pobres somos —decía Chesterton— porque todo es regalo”. Pero qué bien le sientan a un convaleciente la lectura del Zarathustra de Nietzsche o de las Hojas de hierba de Walt Whitman, del Hiperión de Hölderlin, del Banquete de Platón o de Los alimentos terrestres de André Gide, de los Idus de marzo de Thornton Wilder o de La Tempestad de Shakespeare, de las Mil y una noches o de La monja Alférez de Thomas de Quincey, del César y Cleopatra de Bernard Shaw o de las Sátiras de Marcial, de la Oda a un ruiseñor de John Keats o del Tema de las mutaciones del mar de John Peale Bishop, textos saludables, altaneros, llenos de vida y de lucidez, siempre deliciosos y a veces impúdicos, que hicieron inmortales a sus autores y que le contagian un poco de desafiante inmortalidad a todo el que los lee.
Es verdad que existen, para casos extremos, el milagro químico y el milagro quirúrgico, pero esos milagros no pueden ser suficientes. Cada quien debe saber con qué música se alivia. Cada quien sabe, o debería dedicarse a descubrirlo, para qué enfermedades son bálsamos el Jardín de las delicias del Bosco, las Meninas de Velásquez, los grabados de Durero o la Niña guiando al minotauro ciego de Pablo Picasso.

Dirección web fuente:
http://www.elespectador.com/impreso/opinion/columna-281536-el-arte-de-salud

domingo, 4 de enero de 2009

Comunicado de prensa de Ciudadanos por la vida

Ante todo, este comunicado se encuentra en el enlace siguiente de Facebook:

http://en-gb.facebook.com/topic.php?uid=44339676626&topic=5752

Lo publico porque yo también estoy preocupado por la indiferencia de la sociedad ante estos hechos que debilitan las bases de la sociedad y la convivencia.

Ver la página de Ciudadanos por la vida: http://www.nofalsospositivos.com/

Este es el texto del comunicado:

• Más de 1.000.000 de mensajes recordando a las víctimas de estos hechos serán repartidas a través de impresos, correos electrónicos y redes sociales.

• La iniciativa busca la solidaridad de los colombianos

• Invitación a reflexionar sobre desaparición de jóvenes y los montajes de sus muertes

• La tarjeta de Navidad, que tiene las fotos de las madres de los desaparecidos de Soacha, se puede descargar en www.nofalsospositivos.com

• La iniciativa es liderada por académicos, intelectuales y periodistas.

(Bogotá, Diciembre 18 de 2008) Intelectuales, académicos, investigadores, artistas, caricaturistas, entre otros líderes del país, se han unido bajo el lema Ciudadanos por la Vida para promover en esta navidad una tarjeta que recuerda a los desaparecidos por los falsos positivos y para reflexionar colectivamente sobre este hecho atroz.

La iniciativa, liderada por Antanas Mockus, Rudolf Hommes y Claudia López, pretende que el mensaje le llegue a más de 1.000.000 de personas por diversos medios, con la intención de que en el país se cree conciencia sobre la gravedad de los falsos positivos, con la esperanza de que no se repitan nunca más.

La iniciativa, a la cual se han sumado un importante grupo de personas, surgió de la necesidad de recordar y reflexionar sobre estos hechos que han sido denunciados desde hace cinco años, pero sólo fueron develados masivamente este año.

“Al mandar o recibir la tarjeta “no más falsos positivos”,expresamos nuestra solidaridad pero también nuestra censura radical a los autores de los crímenes, sean grupos ilegales o fuerzas del Estado”, señaló Antanas Mockus, uno de los líderes de la iniciativa.

Los falsos positivos son un tema muy grave para el país. Sin embargo, otros temas coyunturales impidieron tratarlo a fondo y darle la debida atención.
La tarjeta de Navidad, que tiene la foto de las madres de los desaparecidos de Soacha, del reportero gráfico de El Espectador Oscar Pérez, circulará en los principales medios del país. Así mismo, ha sido creada en la página web www.nofalsospositivos.com donde puede descargar la tarjeta y enviarla a sus conocidos. En las redes sociales como Facebook miles de personas ya se han sumado a la iniciativa.

Los líderes de la iniciativa, Claudia López, Antanas Mockus y Rudolf Hommes, se reunirán con los familiares de las víctimas para entregarles personalmente la tarjeta el próximo 20 de Diciembre. El recorrido se iniciará en la plaza principal de Soacha a las 10 de la mañana, en donde los líderes harán un acto simbólico para enviar el mensaje todo el país.

Hemos estado preocupados por la indiferencia de la sociedad ante estos hechos que debilitan las bases de la sociedad y la convivencia. El Estado colombiano no posee todos los mecanismos de control necesarios para impedir que vuelvan a ocurrir crímenes perpetrados por personas que creen estar autorizados para cometerlos. Por eso es indispensable que la sociedad civil intervenga y haga público su rechazo como mecanismo de control social. Ciudadanos por la vida tiene precisamente ese propósito“, señaló Rudolf Hommes, otro de los promotores de la iniciativa.

Más información sobre las tarjetas y el evento en la plaza central de Soacha:
Sandra Gutiérrez- Celular 311 2123018. Tel 2454328

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Las muertes gratuitas Por Eduardo Escobar

Amigos:

Antes de transcribir esta columna de Eduardo Escobar, mi comentario:

Tal como lo escribí el lunes pasado en este Blog, cuando puse allí la columna de Carlos Villalba Bustillo, estas palabras de Eduardo Escobar reflejan muy bien lo que está pasándonos. Es serio. Apocalíptico. Entonces, hay que comenzar a actuar. Propongo la marcha diaria, permanente. Este año se completarán como 5 marchas, con la que está prevista para diciembre. Digo 5, refiriéndome a las que fueron masivas y nacionales, comenzando por la del 4 de febrero y la del 6 de marzo. Eso está bien, hay que sacudirse. Pero siendo la cosa tan grave, el sacudón debe ser más fuerte y duradero, hasta que definitivamente cambiemos esto. No podemos seguir aceptando, ni por acción ni por omisión, que matar al enemigo o al "malo" sea la salida facilista para los conflictos. Somos peores que los irracionales animales; ellos no matan con la sevicia que estamos viendo. Y alarguemos el asunto: estamos matándonos de muchas formas, no solo con la que nos deja sin los signos vitales y concluye en una sepultura; también nos estamos matando sicológicamente, socialmente, emocionalmente. Matamos el afecto, matamos los sueños, matamos las ilusiones. Matamos el buen ánimo. Matamos, entonces, el bienestar; imperan, en consecuencia, el engaño, el estrés, el aislamiento. ¡Y el autoengaño! Sí: nos arrogamos el ser poseedores de la verdad. Entonces, los demás son los que mienten, los equivocados, los "malos". Y cuando se nos sale el "bondadoso", pasamos a la tolerancia extrema, la que deja que pasen esos eventos destructivos de la sociedad, la de creer que un mesías nos está salvando y que nosotros lo único que tenemos que hacer es elegirlo, ungirlo. No, un país, el mundo lo construimos entre todos, porque también lo destruimos entre todos; bueno, a veces bastan unos pocos para destruir todo. Pero si esto ocurre, es porque los demás no lo defendieron.

Bien, sencillo: comencemos mirándonos un rato al espejo, para comenzar a ver, a descubrir lo perverso de cada uno de nosotros; eso hay que combatirlo, con firmeza, pero con cuidado. Y salgamos a convencer, a trabajar con los otros para combatir lo perverso de los otros. La tarea es durísima, pero comencemos a pensar en qué acción, pequeña o grande, podemos ejecutar. Siempre con cuidado: Primum non nocere

Desconfiemos de nuestra verdad, no tanto como para paralizarnos y no actuar, pero sí lo suficiente para estar atentos a escuchar y escuchar. Hay que ser osados, sí, pero minimizando riesgos.

Bueno, dejo acá por hoy, pero no hay duda de que hay que actuar. No matemos a nadie, eso sí. Es un contrasentido que promovamos la pena de muerte para los que matan. Ahí comienza a flaquear nuestra valoración de la vida. Y ahí se relativiza todo. Así como basta robarse los primeros diez centavos para abrirse el camino para llegar a robar los miles de millones que tantos se han robado. Se comienza matando al malo asesino y se pasa a matar a cualquiera que haga algo "malo". Miremos la historia de la humanidad. Repetición de la repetidera. Y, entonces, un día, todos son malos: no piensan exactamente como yo. Y yo poseo la verdad. Entonces el otro es malo y no debe vivir. ¡Y hasta me encomiendo a la Virgen para no fallar en mi acto asesino!

Otra vez, dejemos hasta acá. Sigamos hilvanando más ideas. Pero actuemos. Esto debe parar, esto debe ser mejor, más agradable; pero para todos, no solo para mí.

Leamos: hay ciencia contemporánea que nos está mostrando muy buenos caminos, muy buenos ejercicios de convivencia.

De Eduardo Escobar en El Tiempo

Las muertes gratuitas

Hace años, los hijos de papi de Medellín y Pereira, mezclados a los de los primeros traquetos con ínfulas de omnipotentes, divertían las noches baleando a mendigos en los portales, al azar, por darse el lujo del desprecio. Gonzalo Arango había publicado antes, en Nadaísmo 70, la revista del movimiento, la mejor de sus crónicas: 'Planas. Crimen sin castigo'. Un niño indígena del Meta contaba que un general le puso electrodos en los testículos. Y contaba cómo los alcaldes, personeros, policías y colonos salían ciertas tardes a practicar el deporte de nobles de la caza. Es decir, a cazar indios en los montes. La saludable actividad se llamaba cuiviar. Que significa cazar cuivas como venados o como gurres.

Uno de los implicados dijo en la entrevista radial puntual -la entrevista forma parte del rigor del rito asesino- que no sabía que era malo. Todo el mundo lo hacía. Una vez invitaron a los indios a comer sancocho envenenado. A los que tardaban en morirse los remataban a palos o los enterraban vivos en el patio.

Esas cosas suscitan preguntas espinosas, puesto que nos incumben, acerca de la verdadera índole de los colombianos. Aunque tienen la democracia más sólida de Latinoamérica y son uno de los pueblos más felices de la Tierra en las encuestas de la felicidad.

Los estudiantes de medicina de una universidad de Barranquilla, ante la falta de cadáveres para los cursos de anatomía, los hacían en la carne roñosa de los pordioseros que iban a dormir en los jardines del alma máter. Los mataban a tiros, para no dañarlos. Y los echaban en las mesas heladas de los futuros sabios de la higiene. Una pandilla de abogados de Ibagué, en otra trama espeluznante de la picaresca nacional del derecho, adoptaba indigentes. Los engordaban, los acicalaban hasta dejarlos hechos unos soles, los aseguraban, y los tiraban por un puente. La práctica del derecho a veces se confunde con la triquiñuela para la malicia indígena. Y la medicina...

El último escándalo del soberbio espanto nacional, la iniquidad de los muchachos de todas partes baleados en los potreros de todas partes, reclutados entre los hambrientos de las ciudades para cambiar sus despojos por días libres en las brigadas, es apenas el último episodio de una crónica larga de infamias extremas. Los lugares carecen de importancia, las circunstancias, y los nombres de los verdugos y las víctimas. Son meras apariencias, casualidades. Lo que importa es el fracaso que esas cosas implican. La sangre fría como síntoma de una sociedad postrada.

La culpa es imposible. O es de todos. En la dialéctica del Mal, la víctima y el verdugo forman un solo animal que busca redimirse en la degradación. Representan el drama de un fracaso. El fracaso de los púlpitos de los obispos, de los políticos que conducen las masas a sus destinos, de los maestros encargados de la educación de todos, de las filosofías, del sistema de comunicación y hasta de los escritores de los periódicos y de los que publican libros. Como uno. Cómo cada palabra que digo multiplica el horror, cómo un comentario podrido, o ligero, atiza el fuego de mi infierno, cómo mis sueños secretos envilecen mi vigilia.

Es terrible una nación donde la gente ya no mata por amor, por odio, o por desdén, o por plata, como en todas partes. Donde se compra con un cadáver una licencia de soldado. Y una mano cortada se tasa en el reglamento.

Pero el defecto no es de las reglas. Ni del aparato de sapos y recompensas. Lo peor es la desvalorización atroz de la vida, la minimización abusiva del Otro, la confusión de todo, el vacío inconsciente, la descomposición en un caldo de sombras. En paranoia pura, en asco puro, en desesperanza pura. André Breton dijo con perfecta irresponsabilidad que el acto surrealista supremo es salir a la calle y disparar contra la multitud. Eso dejó de ser surrealista hace tiempos entre nosotros. Para ser pan de cada día. Y no tiene pizca de poético.


Eduardo Escobar

lunes, 3 de noviembre de 2008

El tamaño de nuestro drama Por Carlos Villalba Bustillo

Doy paso al columnista de El Espectador Carlos Villalba Bustillo, porque, en breves palabras, resume lo que es Colombia actualmente. Otro columnista del mismo periódico, un siquiatra, Rafael Hernando Salamanca, hablando de otro tema, igual de trascendental, nos recuerda por qué no nos damos cuenta del real estado de las cosas, de lo grave de la situación: La psiquiatría y la psicología saben, desde Freud y Nietzsche, que los humanos manejamos el impacto de las malas noticias mediante la negación. Cada vez que nos alcanza la muerte de un ser querido o se nos diagnostica un cáncer, la respuesta es un mecanismo protector de defensa: “No es cierto”. Así el organismo se da un respiro para asimilar algo que lo inundará de dolor. Igual sucede en la psicología colectiva. Esa negación generalizada permite que la fiesta continúe.

Veamos, sin más, la columna de Carlos Villalba

http://www.elespectador.com/columna-el-tamano-de-nuestro-drama
El tamaño de nuestro drama
Por: Carlos Villalba Bustillo
Nos llamaban país culto y violento cuando cada cuatro o cinco años se declaraba una guerra civil en Colombia. Y se extrañaban de la paradoja los hispanoamericanos, los norteamericanos y los europeos.Era cierto, en buena parte, y nosotros mismos nos encargábamos de pregonar que el sectarismo podía más que la cultura. Un día creímos que entendiéndonos políticamente se acababa todo, pero fue peor. Excluimos del acuerdo a las minorías y nos respondieron con otra clase de violencia que todavía existe. Y ésta generó otra que también existe, y ahí se fueron apilando.Pero la depravación entre los colombianos está llegando a niveles inimaginables, porque cuando hasta los padres sacan sus instintos criminales contra los hijos, que son carne de su carne y sangre de su sangre, no hay poder humano que ataje el desplome de nuestros resortes morales. La indolencia y la codicia barrieron de nuestra conciencia las represiones que nos mantenían dentro de límites normales. En una sociedad donde la familia se desintegra, la convivencia es inalcanzable.Los últimos falsos positivos, que suman más de cien jóvenes muertos, y el secuestro y asesinato de un párvulo de sólo once meses, impiden un juicio sereno sobre la descomposición psíquica que impera en el ambiente nacional. No hay excepciones: todos los núcleos políticos y sociales son protagonistas y por lo tanto responsables del turbión de atrocidades que empeoran día tras día en los escenarios más variados: los hogares, los colegios, el campo, los barrios de las grandes ciudades.De poco han servido los mecanismos de protección de los derechos humanos que nuestra Constitución y nuestras leyes han consagrado. Los desquiciados y los desinhibidos los irrespetan ahora más que nunca, sin miedo a la cárcel y al escarnio. Creer que los asustamos con la cadena perpetua o con la pena de muerte es una ingenuidad. Padecemos un problema de cultura: los colombianos andamos en la cultura de la transgresión. Transgredimos la ley, los valores, la ética, las costumbres, el sentido de la vida y nuestros propios sentimientos, siempre en función de un interés.En Colombia hay más voluntad política y recursos para los subsidios electorales de Familias en Acción que para poner a salvo de la violencia intrafamiliar a las mujeres y a los niños. De modo aislado, en Bogotá, Medellín, Pasto y ahora en Cartagena se avanza en la formalización de una política con diagnósticos y metas para replantear la visión del sector público sobre la situación de las mujeres, su papel dentro de la familia, su condición de madres y su participación en la vida democrática. Pero en el epicentro del poder las agobia el desamparo.Por eso, al mismo tiempo que seguimos hablando de penas y de reformas a los códigos tenemos que pensar cómo restauramos, en este país donde vive la gente más feliz del mundo a pesar de todo lo que nos ocurre, el nivel de dignidad y humanismo que nos libere de un Apocalipsis. No basta con que el Presidente asista a las exequias de Luis Santiago Lozano, ni que diga que su gobierno endurecerá la mano contra los falsos positivos, ni que repita en los consejos comunales su estribillo contra el terrorismo. Parodiando a Martín Fierro, si tiene la presa de la reelección segura, que no deje dormir la causa, que es la regeneración de un pueblo que puede viajar por las carreteras, pero cuyos niños no están seguros ni en su propia casa. Ese es el tamaño de nuestro drama.

Carlos Villalba Bustillo

Para terminar, transcribo la parte final de la columna del siquiatra, con la aclaración de que en donde pongo Colombia, decía el mundo, en una parte, y la humanidad en la otra:

“Denial”. Negación era la razón primordial por la cual Colombia seguía tan campante. La única manera de despertar es insistir, echando una y otra vez la verdad a la cara como un psicoterapéutico baldado de agua fría. Aún así, Colombia permanecerá dormida en tanto la tierra arde.

domingo, 10 de agosto de 2008

Al hombre lo engaña el presente


Los buenos caricaturistas escriben todo un ensayo, todo un editorial en un sencillo cuadrito. Esto pasa con la caricatura de antier de Jarape (Jairo Peláez Rincón) en El Espectador. Resume en gran medida lo que somos hoy como país. Este país que es el más piadoso del mundo. Digo piadoso porque, especialmente en los últimos días -y desde hace unos seis años-, defendemos -al menos el 76% o el 84% de los colombianos, no sé cómo se ha movido el termómetro de la opinión u opinómetro- la profusión de mentiras piadosas. Hace unos meses les decía que en este país nos encanta -más aún, necesitamos- que nos digan mentiras. Pues sí, ahí está clarísimo el ejemplo: ante algunas críticas sobre las mentiras -logos de cruces, de emisoras, de ONG, etc.-, se vino la avalancha de defensas de las mentiras. ¡Y todas son piadosas! Sé, y lo uso, que las mentiras tienen su papel en la vida -importante papel- pero ya se está convirtiendo en nuestra forma de ser, validada, recomendada, alabada. Ya nos decimos y nos dicen tantas mentiras que ya nos las creemos todas. Y todo vale, vale matar, vale cortar manos, vale engañar y engañar, vale hacer trampas.

Ante todo ello digo, y no es un discurso moralista: hay que parar esta manera de pensar y de actuar, vamos para el desbarrancadero. Nos vamos a destrozar. Bueno, bueno, paro y retomo una de mis primeras notas en este Blog y digo: quizá no; antes de llegar al desbarrancadero algo puede pasar, no tengo ni idea qué, y...¡nos salvamos! (obvio, de todos modos, muchos morirán y sufrirán mientras tanto).

Bien, y también mientras tanto, les hago llegar el enlace de la caricatura de Jarape. Su texto es todo un ensayo: Al hombre lo engaña el presente. Por eso será el futuro el que diga lo que realmente pasó en Colombia en esta época.

http://candidacartoon.blogspot.com/



Cándida
Derechos patrimoniales de COMUNICAN S.A. Bogotá Colombia. Prohibida su reproducción sin permiso.

jueves, 1 de mayo de 2008

El Día del Trabajo

Buenos días, amigos:

Uno puede utilizar esta efeméride y felicitar a todos los trabajadores, con o sin empleo o contrato, para extender el abrazo lleno de afecto a todos los amigos. Entonces, lo hago:

¡FELIZ DÍA DEL TRABAJO, AMIGOS!

Pero, además, el día es propicio para hacer una nueva reflexión sobre las condiciones laborales en las que nos estamos moviendo. Aunque conozco opiniones contrarias a las mías, de algunos amigos, reitero la mía, llena de pesimismo, infortunadamente:
el deterioro inmenso de la calidad del trabajo en Colombia ha sido paulatino pero sostenido. Deterioro en todo sentido. Menos estabilidad, menos respeto, menos salarios, menos calidad profesional, menos salud ocupacional, menores honorarios, etc. Obvio, sé que ha habido excepciones; probablemente muchos de ustedes -y, si se quiere, incluido yo mismo- han (hemos) gozado, afortunadamente, de mejores opciones y oportunidades. Pero la generalidad no es así. Suelo resumir, por ejemplo, la condición de médicos y profesionales de la salud así: con las remuneraciones de la gran mayoría de estos profesionales, bien sea por la vía de salarios (excepto los de los pocos empleos públicos que quedan y algunos pocos cargos, especialmente administrativos o directivos, de empresas privadas) o la de honorarios, un médico difícilmente podrá sostener la matrícula de un hijo que quiera estudiar medicina en una universidad privada. Y eso es lamentable, lamentable: la evolución hasta nosotros indicaba que la tendencia era la de que los hijos superaran las condiciones profesionales de los padres. Eso, tristemente, ya no va a ser la tendencia mayoritaria. Bueno, afortunadamente se han abierto nuevas profesiones y quizá sean menos costosas y hasta con mejores probabilidades de éxito. Ojalá sean muchas las opciones por ahí.

La otra situación preocupante es la del futuro, es decir, la de la vejez. Los médicos jóvenes de hoy difícilmente se van a pensionar, y, si lo hacen, la pensión va a ser muy bajita: la cotización a pensiones hoy se está haciendo sobre cifras muy bajitas, muchos lo hacen sobre, inclusive, apenas un salario mínimo. Cuando se vayan a pensionar, su pensión será solo un poco superior a un salario mínimo ($461.500 de hoy). Quienes coticen sobre dos salarios mínimos tendrán una pensión máxima cercana a $800.000. ¿Qué se puede hacer con eso??????

Indudablemente debemos pellizcarnos, amigos. Hay que generar cambios que mejoren esto. Debemos promover, por ejemplo, mayor responsabilidad social empresarial y gubernamental y, fundamentalmente, mayor solidaridad entre nosotros. Indudablemente, también, mayor acción política.

Bien, he puesto el ejemplo de los médicos, pero esto es similar, inclusive peor, para la mayoría de los demás colombianos.

Lo triste es que ve uno noticias de otros lares y las cosas no es que sean mejores. Leo en el periódico de ayer que en Estados Unidos el ingreso promedio de los trabajadores solo ha aumentado 2.3% en los últimos 15 años, en contraste con los de los directivos de empresas, que han aumentado en promedio un 57%. La inequidad campea, la brecha se aumenta. Es decir, la injusticia social crece. Triste, triste.

Nuevamente, a buscar algo de optimismo en la incertidumbre.

No sobra poner sobre el tapete una reflexión sobre la que hemos traído otras columnas en meses pasados, por ejemplo, las de nuestro amigo Manuel Guzmán Hennessey. Recordemos que en ellas se hablaba de la importancia, la necesidad de pensar, de "filosofar", en contraste con las opiniones de gente que aboga por limitar el ejercicio de pensar. Lamentable forma de ver el mundo. Bien, transcribo a ustedes la columna de Francisco Cajiao en El Tiempo de ayer. Muy oportuna. Pensar más y mejor es la mejor opción para cambiar este estado de cosas hacia algo mejor. Bienvenidas todas sus opiniones.

¡FELIZ DÍA!


NO BASTA EL CONOCIMIENTO
Saber y pensar
Francisco Cajiao. Columnista de EL TIEMPO.
Queremos que nuestros niños sepan muchas cosas, pero más importante es darles espacio para pensar

El pensamiento de los niños necesita espacio para crecer sin barreras.
En la experiencia cotidiana es fácil encontrar gente que sabe mucho y piensa poco. Hay personas capaces de desempeñarse con eficiencia en trabajos complicados de nivel técnico o profesional, cumpliendo todas las exigencias y caprichos de sus jefes, siguiendo meticulosamente cada procedimiento preestablecido, mostrando resultados cuantificables de sus acciones y dando cuenta de cada una de sus actividades. Pero esto no garantiza que piensen más allá de lo inmediato. Incluso, en los altos estrados de la academia pueden encontrarse profesores universitarios que recitan citas extensas en diversas lenguas, reproducen con enorme habilidad teorías complejas y dominan datos y cifras a granel, pero algo nos dice que todo eso tiene un olor a ropa prestada porque cuando actúan no parece que tanta erudición se conecte con la vida.

En contraste, a veces encontramos personas sencillas, sin títulos académicos, sin presunciones intelectuales, que nos dicen cosas muy profundas sobre la vida, sobre el destino humano, sobre el acontecer público. Es verdad que no usan palabras complicadas, pero muestran largas horas de diálogo silencioso consigo mismos y con su entorno. Digamos que son los que piensan mucho aunque no sepan tanto. Ya decía san Ignacio de Loyola, fundador de los jesuitas, que "no el mucho saber harta y satisface el ánima sino el gustar las cosas internamente" .

Cabe preguntar si el sistema educativo les da a nuestros niños y jóvenes el espacio y la inclinación para pensar, de manera que hagan de su vida un proyecto propio y encuentren razones para sentirse parte activa de una sociedad de la cual son corresponsables. La respuesta no es sencilla, pues tampoco es fácil precisar qué es pensar. Algunos caen en la tentación de reducir el pensamiento a unas cuantas operaciones mentales verificables. Pero el pensamiento profundo se resiste al encasillamiento: puede surgir de repente cuando estamos en situaciones límite, tal vez mientras tomamos el sol en una playa o mientras vemos una telenovela. Para algunos, requiere el silencio y el aislamiento, mientras a otros los asalta en medio del bullicio y la multitud. Tal vez una melodía especial o una obra de arte desencadenan una catarata imparable de reflexiones. A lo mejor una caricia o un abandono. Einstein, en su autobiografía, cuenta que su primera intuición sobre la relatividad surgió a los ocho o nueve años mientras montaba un caballito de palo e imaginaba qué sucedería si fuera un rayo de luz: en la escuela pasaba como un niño totalmente insuficiente.

Lo que es claro es que el conocimiento universal, el progreso científico, la creación artística y la reflexión filosófica surgen de personas que piensan mucho sobre aquello que saben y llegan a cosas nuevas que naturalmente no sabían ni tenían dónde aprender. Por estos días en que se realiza la Feria del Libro, surge la asociación con el pensamiento humano, que se condensa en millones de páginas que intentan atrapar ideas para hacerlas públicas, para convertirlas en patrimonio común. Pero sería fantástico saber cómo fue producido cada libro, cómo fue el proceso de pensamiento del autor, cuánto sufrió para encontrar palabras para su ensoñación o para su obsesión. Lo que sí podemos constatar es que allí, en la Feria, hay pensamiento poético, gráfico, histórico, matemático, filosófico, novelístico, religioso, culinario... y muchos pensamientos insulsos. Pero aun en la frecuente basura literaria se puede leer la necesidad de hacer públicos los soliloquios de seres humanos que más allá de repetir lo que otros han dicho se arriesgan a pensar por su propia cuenta, dejando en palabras un pequeño rastro de su paso por la vida.

Es claro que queremos que todos nuestros niños y niñas puedan saber muchas cosas, pero todavía más importante es encontrar maneras para que todos sus pensamientos encuentren espacio para crecer y fluir sin barreras, sin límites, sin clasificaciones y, sobre todo, sin tantas calificaciones.

frcajiao@yahoo. com
Francisco Cajiao

miércoles, 20 de febrero de 2008

Hiperpaternidad, hipopaternidad y drogas

Aunque acabo de enviar esto por correo electrónico a más de 300 amigos, quiero dejarlo también en este blog porque quiero pro-ponerlo en público:

Hola, amigos:

Espero que para lo siguiente que voy a decir no esté demasiado hueca mi cabeza. Vengo de una reunión en la que el conocido médico Camilo Uribe, ahora miembro de una organización de la ONU que se encarga del tema de las drogas sicotrópicas y similares, nos daba datos verdaderamente preocupantes ("escalofriantes", podría decirse sin ser exagerados) sobre el avance del consumo, de la producción y del tráfico de estas drogas en todo el mundo y, particularmente, en Colombia. Es grave, muy grave la situación, pero más grave es el hecho de que como nación -menos como Estado y mucho menos como sociedad- no estamos haciendo nada al respecto, salvo unos "pañitos de agua tibia" absolutamente insuficientes y torpes para enfrentar este "flagelo".

No es alarmismo, no es terrorismo, no es extremismo, créanme. No pretendo hacer show sobre esto. Natalia Sringer tituló su columna del lunes en El Tiempo con la palabra "Pornomiseria", que me recuerda el término "Pornografía de la pobreza" que usaba mi amigo Rafael Sandoval hace unos 15 años. En ambos casos se referían Natalia y Rafael al exagerado uso de las fotografías de los pobres y sufrientes con ánimo sensiblero y, sobre todo, hipócrita. Muy útil para lavar conciencias por nuestra pasividad e indiferencia ante el dolor de los demás. Obvio, no se trata de llegar a la situación de Kevin Carter, ese fotógrafo que se suicidó meses después de tomar una de esas fotografías (muchos de ustedes la han visto) en la que un buitre aparece cercano a una famélica niña en un país africano (Sudán): el fotógrafo estuvo 20 minutos esperando que el buitre atacara a la niña ("será una fotografía espectacular", o algo parecido, pensaba, seguramente, Carter) en lugar de espantar al buitre. Se suicidó: no pudo afrontar la pena de este acto miserable suyo. Sin embargo, ese acto tiene tras de sí ese fenómeno de la pornomiseria de muchos de los seres humanos, no hay duda. Culpa compartida.

Entonces, no se trata de hacer show sobre el fenómeno de las "drogas". Complejo fenómeno. Alimentado por muchos factores, indudablemente. Uno de ellos, el del sindrome del logro del "dinero fácil", o del dinero que da poder (lo mismo que pasa con esa cantidad inmensa de dinero que mueven los fabricantes y los traficantes de armas). Pero otro, más del común de los seres humanos comunes, es el de la calidad de la vida, la calidad del amor.

Algo de esto trata una de las columnas de Escepticemia que les envío hoy. La hiperpaternidad, se llama. No digo mucho sobre él, pues Casino lo dice mejor. Solo anoto que este artículo me recuerda otra tesis de otro Sandoval, hermano del anterior, Jorge. "Tenemos que buscar, que enseñar, formas más adecuadas de amar". Bien se sabe que es muy extendido el fenómeno del castigo exagerado a los hijos por parte de padres que lo que pretenden es "educar" a los hijos porque LOS AMAN DE VERDAD (saco de aquí, aclaro, a los salvajes que agreden porque son violentos irremediables, que atacan con odio; esos son otros tipos de padres). Ese fenómeno de la hiperpaternidad, en muchos casos, corresponde a padres convencidos de que eso que hacen -lo que critica Casino- es lo correcto en la educación y en la formación de los hijos.

A la hiperpaternidad se opone, también erróneamente, lo que yo llamaría "hipopaternidad", es decir, el escaso o nulo amor a los hijos.

Ambos fenómenos, la hiper y la hipo -paternidad-, son buenos inductores de la adicción y/o uso inadecuado de "las drogas". Hoy conocí qué es eso del "popper", con lo que se intoxicó el estudiante que está en coma irreversible en el Hospital de Kennedy. Pero también nos contó Camilo Uribe sobre tantas otras formas de "drogarse" de los jóvenes de hoy (ojo: jóvenes de 5 a 70 años, porque todo este rango de edad es el que está comprometido por el fenómeno de la drogadicción -o el nombre técnico que se le quiera poner-). De verdad, es para preocuparse. Pero, preocupados, para comenzar a buscar o profundizar soluciones. Sé que algo se puede hacer. Hablémoslo.

Camilo Uribe presidirá un foro sobre el asunto en abril próximo, al cual espero que podamos asistir muchos de nosotros. Les avisaré oportunamente.

Un abrazo.


http://www.jano.es/jano/ctl_servlet?_f=82&iditem=557
Muchas personas están demasiado educadas para no hablar con la boca llena, pero no se preocupan de hacerlo con la cabeza hueca
Orson Welles


http://www.jano.es/jano/ctl_servlet?_f=82&iditem=555
El día en que el hombre se dé cuenta de sus profundas equivocaciones, se habrá acabado el progreso de la ciencia
Charles Chaplin

Escepticemia
Gonzalo Casino
gcasino@cardiel.net

Hiperpaternidad
15 Feb 2008

Sobre el dirigismo educativo y la importancia del juego
Los fines de semana los campos de fútbol y otros deportes se llenan de padres ansiosos por ver cómo sus hijos triunfan. Cegados por una pasión de padres mal entendida creen ver en sus retoños a futuras estrellas del deporte y les trasladan una presión competitiva exagerada. El deporte está quizá demasiado profesionalizado desde las categorías inferiores, pero hay padres que empeoran la situación desvirtuando los valores del juego y la actividad física inherentes al deporte. Algunos pediatras han alertado del exceso de lesiones por sobreentrenamiento, y no pocos niños acaban aborreciendo por exceso de presión lo que empezó siendo un juego placentero. Aunque menos habitual, también hay padres empeñados en que sus hijos sean grandes músicos, actores o pintores, y que desarrollen a fuerza de cursos una vocación artística que quizá no tienen. Hay, en fin, muchos padres que sobrecargan hasta la extenuación la agenda de sus vástagos con todo tipo de actividades extraescolares para que “triunfen en la vida”, empecinándose en procurarles las mejores guarderías, los mejores colegios, los mejores cursos y lo mejor de lo mejor, sin faltarles de nada y sin reparar lo suficiente en la metas que imponen a sus hijos y en el precio que pueden pagar por este exceso de competitividad. A esta actitud paterna, que se configura ya como una tendencia preocupante, se la ha dado en llamar hyperparenting o hiperpaternidad.

Una de las nefastas consecuencias de la hiperpaternidad es que subvierte una etapa tan fundamental para el desarrollo de una persona como es la infancia. Subvertir la infancia es imponer a los niños valores y modelos de adultos y limitarles el juego, que es su vía natural de expresión y maduración. El juego, como reconocen psicólogos y pediatras, es esencial para el desarrollo porque contribuye al bienestar físico, cognitivo, social y emocional de los niños y adolescentes. La Academia Americana de Pediatría ha subrayado la importancia del juego para el desarrollo del niño en su informe The Importance of Play in Promoting Healthy Child Development and Maintaining Strong Parent-Child Bonds, publicado en enero de 2007 en Pediatrics, en el que alertaba de que el tiempo de juego de los niños se está reduciendo peligrosamente y advertía que imponer a los niños un estilo de vida acelerado es una fuente de ansiedad y estrés que puede conducir incluso a la depresión. El 41% de los niños de 9 a 13 años se sienten estresados siempre o la mayor parte del tiempo, siendo los niños más sobrecargados de actividades los más estresados, según un reciente estudio de KidsHealth. Y hay pediatras que atribuyen el aumento de diagnósticos del trastorno por déficit de atención e hiperactividad a las crecientes exigencias impuestas a los niños. Nadie dijo que el oficio de padres fuera sencillo, pero entre el dirigismo desmedido y la dejación de las funciones educativas hay que encontrar un punto de equilibrio y sensatez. Y no olvidar que los niños y jóvenes necesitan jugar en paz y tener también su tiempo de libre disposición.