domingo, 14 de julio de 2013
El mundo en el que estamos IV - Paul Krugman
Guerra en contra de los desempleados
Por: Paul Krugman | Elespectador.com Opinión | Sab, 07/06/2013 - 22:00
¿Es la vida demasiado fácil para los desempleados? Usted pudiera no creerlo, y yo ciertamente no lo creo. Sin embargo, eso es lo que, notablemente, creen muchos y quizá la mayoría de los republicanos.
Y están actuando con base en esa creencia: hay un movimiento nacional en marcha por castigar a los desempleados, con base en la propuesta de que nosotros podemos curar el desempleo volviendo a los desempleados incluso más miserables.
Consideremos, por ejemplo, el caso de Carolina del Norte. La tasa de desempleo, de 8,8%, está entre las mayores en Estados Unidos, mayor que en California, que ha sufrido por largo tiempo, o Michigan. Como ocurre en cualquier parte, muchos de los desempleados han estado sin trabajo durante seis meses o más, gracias a un ambiente nacional en el cual hay tres veces más personas buscando empleo que oportunidades para puestos laborales.
Sin embargo, el gobierno del estado acaba de cortar marcadamente la ayuda a los desempleados. De hecho, los republicanos que controlan ese gobierno estaban tan impacientes por cortar la ayuda que no sólo redujeron la duración de las prestaciones; redujeron también el beneficio semanal promedio, haciendo que el estado fuera inelegible para aproximadamente US$700 millones en ayuda federal para los desempleados a largo plazo.
Es todo un espectáculo, pero Carolina del Norte no está sola: diversos estados han recortado prestaciones del desempleo, aunque ninguno al precio de perder ayuda federal. Y en el ámbito nacional, el Congreso ha estado permitiendo que expiren prestaciones extendidas que fueron introducidas durante la crisis económica, aun cuando el desempleo a largo plazo sigue en niveles históricamente altos.
Entonces, ¿qué está ocurriendo aquí? ¿Tan sólo es crueldad? Bien, el Partido Republicano (GOP), el cual cree que el 47% de los estadounidenses son “gente que toma” y vive de los creadores de empleos, lo cual está negando la atención de salud en muchos estados a los pobres simplemente por rencor hacia el presidente Barack Obama, no rebosa exactamente de compasión. Sin embargo, la guerra en contra de los desempleados no está motivada solamente por crueldad; más bien, es un caso de maldad convergiendo con un mal análisis económico.
En general, los conservadores modernos creen que nuestro carácter nacional está siendo eliminado por programas sociales que, en las memorables palabras de Paul Ryan, presidente del Comité de Presupuesto de la Cámara baja, “convierten la red de seguridad en una hamaca que arrulla a personas con cuerpos capaces a vidas de dependencia y complacencia”. Más específicamente, ellos creen que el seguro de desempleo fomenta que los trabajadores desempleados sigan desempleados, en vez de aceptar empleos disponibles.
¿Hay algo que apunte a esta creencia? El beneficio promedio por desempleo en Carolina del Norte asciende a US$299 por semana, antes de impuestos; vaya hamaca. Así que cualquiera que imagine que los trabajadores desempleados están optando deliberadamente por vivir una vida de ocio no tiene idea de cómo es realmente la experiencia del desempleo, y particularmente el desempleo a largo plazo. De cualquier forma, existe cierta evidencia de que las prestaciones por desempleo hacen que los trabajadores sean un poco más selectivos en su búsqueda de empleo. Cuando la economía está en auge, esta selectividad adicional pudiera elevar la tasa de desempleo “inflación que no acelera”; la tasa de desempleo en la cual empieza a subir la inflación, induciendo a la Reserva Federal a subir tasas de interés y sofocar la expansión económica.
Todo esto, sin embargo, es irrelevante para nuestra situación actual, en la cual la inflación no es una inquietud y el problema de la Fed es que no puede bajar las tasas de interés en la medida suficiente. Si bien el recorte a las prestaciones por desempleo ocasionará que los desempleados se desesperen incluso más, no hará nada por crear más empleos; lo cual significa que incluso si algunos de los desempleados actualmente logran encontrar trabajo, lo harán solamente quitándoles empleos a quienes están empleados actualmente.
Pero, esperen, ¿qué hay con la oferta y la demanda? ¿No ejercerá presión descendente sobre los salarios hacer que los desempleados se desesperen? ¿Y qué no costos laborales más bajos fomentarán el crecimiento de empleos? No, eso es una falacia de composición. La reducción del salario de un trabajador pudiera contribuir a salvar su empleo al hacer que ese trabajador se vuelva más barato que trabajadores con los que compite; sin embargo, la reducción salarial de todos meramente reduce los ingresos de todos y empeora la pesada carga de la deuda, lo cual es una de las fuerzas principales que impiden el progreso de la economía estadounidense.
Ah, y no olvidemos que reducir las prestaciones para desempleados, muchos de los cuales viven al día, conducirá a un gasto menor en general; una vez más, empeorando la situación económica, así como destruyendo más empleos.
La acción con miras a abatir las prestaciones del desempleo, entonces, es tanto contraproducente como cruel; inflamará las filas de los desempleados incluso al tiempo que vuelve sus vidas más miserables.
¿Puede hacerse algo para revertir este erróneo giro estratégico? Quienes están por castigar a los desempleados no serán disuadidos mediante argumentos racionales; saben lo que saben, y no hay cantidad de evidencia que cambie sus opiniones. Yo siento, sin embargo, que la guerra en contra de los desempleados ha estado logrando tanto progreso, en parte, debido a que ha estado volando bajo el radar, con demasiada gente que no está al tanto de lo que está ocurriendo.
Bien, ustedes lo saben. Y deberían estar enojados.
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http://www.elespectador.com/opinion/columna-432060-guerra-contra-de-los-desempleados
El mundo en el que estamos III - William Ospina
La taberna de Kafka
Por: William Ospina | Elespectador.com Opinión | Sab, 06/08/2013 - 22:00
¿Será verdad que están muriendo en masa las abejas en los Estados Unidos? ¿Qué significa que los científicos estén hablando de una suerte de apocalipsis de las abejas? ¿Será verdad que Albert Einstein anunció que la muerte masiva de esas diminutas criaturas podría acarrear la de la especie humana?
Oímos decir que Vladimir Putin estuvo a punto de no recibir esta semana a John Kerry en el Kremlin porque los Estados Unidos se niegan a discutir el tema de las multinacionales que ahora hacen su negocio con la alteración de las semillas y la invención de pesticidas y fertilizantes. Y oímos decir que el gobierno norteamericano no reacciona ante esas empresas que manipulan las especies con el argumento de que las están fortaleciendo frente a determinadas amenazas, no porque esté convencido de que los transgénicos no son peligrosos, sino porque Monsanto y otras marcas están entre los poderosos financiadores de su campaña.
¿Hasta cuándo estarán los países en manos de esos poderes que están en condiciones de financiar las costosas campañas electorales de los gobernantes de este tiempo? ¿Y hasta cuándo seguiremos llamando democracia a poderes elegidos por el que más dinero tenga, esto que Borges llamaba “ese curioso abuso de la estadística”?
¿Hasta cuándo la humanidad va a persistir en la costumbre insensata no sólo de abandonar una dieta alimenticia con cincuenta siglos de seguro, sino de incorporar a la alimentación cotidiana sustancias a las que se les ha alterado su estructura con el mero fin de obtener ganancias rápidas y multiplicar la producción, procesos cuyas consecuencias apenas se habrán probado por cinco o diez años?
El mundo es tan complejo, la realidad tan llena de abismos y tan múltiple, que nadie está en condiciones de asegurar que tiene bajo control todas las consecuencias de la modificación de un patrimonio genético desarrollado durante millones de años.
Todos los días llegan noticias del salmón que tardaba en crecer tres años y al que se le incorporó el gen de crecimiento de otra especie para que alcance un tamaño mayor en sólo año y medio; de los conejos a los que se les añadió el gen luminiscente de un pez del fondo del mar, para poderlos ver en la oscuridad; de los pollos acalorados y estresados en galpones horribles bajo una luz que nunca se apaga, y a los que les han modificado la piel para que pierdan sus plumas, como una manera de hacerles soportable su crecimiento acelerado e insomne.
Todo indica que aquí y allá cunde la tentación de la monstruosidad. Una ciega sed de lucro, una urgencia de rendimiento, un discurso de la eficiencia y el crecimiento avalado a veces por científicos a sueldo y académicos sin escrúpulos, pone cada día en nuestro plato carnes cada vez más llenas de antibióticos, pollos saturados de hormonas, quesos con rastros de plástico, cereales expuestos a plaguicidas derivados de la nicotina que pueden producir alteraciones fatales sobre especies inofensivas y laboriosas como las abejas de Virgilio.
Una filigrana de fina racionalidad en el detalle y de absurda irracionalidad en las consecuencias permite ya la producción de organismos cuyo único fin es proveer alimento aprovechable y que por ello no parecen necesitar el equilibrio anatómico de las especies naturales. Un ominoso discurso que pretende que, siendo nosotros parte de la naturaleza, todo lo que hagamos resulta también natural, parece permitirnos toda extravagancia, toda profanación y todo experimento, sin la menor consideración ética o estética.
Todas esas cosas podrían ser comprensibles como investigaciones. Pero hay poderes que pasan enseguida “de la información al asalto”, del experimento a la acción, movidos casi siempre por los motivos más egoístas, y no vacilan ante el riesgo de consecuencias irreversibles. Basta una criatura modificada genéticamente, que se pretendía mantener circunscrita a cierto espacio, y que escape por azar y salga al mundo, para que por contagio, por la reproducción, por el polen, la mutación se extienda imprevisible e irrestricta.
¿Cuántas sustancias químicas inesperadas forman ya parte de nuestro organismo gracias a los aportes silenciosos y furtivos de la industria? ¿Quién está diseñando nuestra dieta? ¿Para quién trabajan los científicos? ¿Sabrá protegerse de lo que se gesta en laboratorios herméticos y en factorías inaccesibles una humanidad que ni siquiera sabe protegerse de los políticos que le piden sus votos y de los que manipulan la información? ¿Tienen la industria y el mercado defensores desinteresados? ¿Hay propósitos secretos pagando verdades a sueldo?
Todas estas preguntas parecen alarmas de pesadilla y titulares extravagantes de ciencia ficción, pero bien podrían estarse gestando ahora mismo en los mares algunas pesadillas que hagan irreconocible nuestro mundo; así como flota en el Pacífico lo que han dado en llamar el sexto continente, una isla de plásticos del tamaño de los Estados Unidos; así como el gobierno norteamericano, tan celoso de las libertades, autoriza el espionaje sobre millones de llamadas telefónicas, y se niega a aceptar el debate sobre temas que, como el de los transgénicos, no son asunto de especialistas sino que conciernen a la conciencia de cada ser humano, a la necesidad de sobrevivir de la especie.
De sobrevivir, se entiende, con la forma que hemos tenido siempre: con ojos en la cara y dedos en las manos. Las tabernas de larvas fosforescentes que beben cerveza y los escarabajos que despiertan en su cama después de algún sueño intranquilo, es mejor dejárselos al cine de fantasía y a la prosa de Kafka.
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El mundo en el que estamos II - María Elvira Samper
Conmoción en el patio trasero
Por: María Elvira Samper | Elespectador.com Opinión | Sab, 07/06/2013 - 22:00
Bastó una sospecha sin confirmar —el rumor de que en el avión del presidente Evo Morales podía ir Edward Snowden, el exanalista de la Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos (NSA), acusado de filtrar información confidencial— para que Italia, Portugal y Francia le negaran el permiso de sobrevolar su espacio aéreo y fuera obligado a aterrizar en Viena donde debió permanecer cerca de 14 horas.
Un hecho sin precedentes en la historia de la diplomacia internacional —o de la absoluta falta de ella—, que no sólo constituye una afrenta y una humillación para el mandatario boliviano, sino que viola normas del derecho internacional.
Un avión presidencial no es un avión cualquiera, tiene un estatus especial y el jefe de Estado que viaja en él goza de la inmunidad, la inviolabilidad, los derechos y las garantías que tiene en su país. La búsqueda de Snowden, reclamado por la justicia de su país, no era razón suficiente para que los gobiernos de esos países europeos procedieran como lo hicieron. Pero aun si el rumor hubiera sido cierto y el espía hubiera estado a bordo, Morales tenía el derecho de llevarlo si consideraba pertinente concederle el asilo político, una figura de protección —prerrogativa de los estados— que no obliga a los países que lo conceden a entregar al extranjero protegido a otro Estado, y que incluso permitiría transportarlo en el avión presidencial. Haberle negado sobrevuelos a la aeronave de un presidente legítimo como Morales, que viajaba de regreso de una misión de carácter comercial con productores de gas en Moscú, fue un acto a todas luces ilegal, una violación del derecho de inmunidad de un jefe de Estado. ¿Habrían hecho lo mismo con Putin, que le concedió asilo condicionado a Snowden (no lo aceptó) y que declaró que “Rusia nunca entrega a nadie a ningún país”?
El inaceptable y vergonzoso episodio dejó al descubierto la debilidad y/o sumisión de gobiernos que, a pesar de haber sido ellos mismos —y sus ciudadanos y sus medios de comunicación— víctimas de actos ilegales de espionaje por parte de la NSA para la que Snowden trabajaba, o no pudieron resistirse a las presiones de Washington y se prestaron para maniobras ilegales y hostiles contra el mandatario de un país no aliado de los Estados Unidos, o en actitud arrodillada quisieron servir a su propósito. Para no perder el favor del “policía del mundo”, optaron por arriesgar las relaciones con Bolivia. Un paisito tercermundista, habrán pensado con desprecio por el presidente indígena.
El episodio generó reacciones de los gobiernos de América Latina (indignadas unas, otras moderadas), y de la opinión que se expresó en las redes sociales. Despertó al antiimperialista que muchos llevamos dentro, pues tocó fibras sensibles en una región que tiene una historia de altibajos en las relaciones con Washington, que en este caso ha hecho de Pilatos lavándose las manos, pese a que la búsqueda de Snowden fue la causa del incidente diplomático. “Las decisiones fueron tomadas por países concretos y deberían preguntarles a ellos por qué las adoptaron”, dijo Jen Psaki, portavoz del Departamento de Estado, el miércoles pasado. Una declaración que en nada contribuye a disminuir el creciente descrédito del presidente Obama, agravado por el episodio del masivo espionaje destapado por Snowden.
El gobierno de Bolivia, por su parte, ejercerá el derecho al pataleo y demandará ante instancias internacionales, pero presumo que no habrá sanciones para los gobiernos implicados, y que todo acabará reducido a fórmulas vacuas de disculpa, de hacer parte del patio trasero de la potencia del norte.
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El mundo en el que estamos I - William Ospina
Los cielos cerrados
Por: William Ospina | Elespectador.com Opinión | Sab, 07/06/2013 - 22:00
Parece que para las potestades europeas el indio sigue siendo el indio aunque vaya en su avión presidencial, pero el imperio sigue siendo el imperio aunque un negro sea su gobernante. Rostros del mundo que nos ha tocado.
Gustav Janouch le preguntó un día a Franz Kafka si era verdad lo que se decía en la empresa de seguros para la que trabajaba: que Kafka dedicaba sus ingresos a pagarles asesoría jurídica a los empleados, para que pudieran querellarse con la compañía. Kafka le contestó que como apoderado de la empresa no podía defender a los empleados, pero que cuando veía que el empleado tenía la razón, le ayudaba con su propio dinero para que tuviera un buen asesor jurídico. Y añadió: “Lo que pasa es que el mundo ha caído de tal manera en manos de los demonios, que muy pronto el que quiera hacer el bien tendrá que hacerlo en secreto y a solas”.
Esta semana hemos visto ese fenómeno en un escenario global: cómo un benefactor de la humanidad, que denuncia el modo como un gobierno espía a sus ciudadanos, es tratado como un criminal y anda acorralado en los pasillos de un aeropuerto sin saber a dónde correr, y los gobiernos de cuatro países por temor al perseguidor, niegan el paso por su espacio aéreo a un jefe de Estado sólo por la sospecha de que lleva con él al acusado. También el contraste entre la dignidad de los gobiernos latinoamericanos y la indignidad y la obsecuencia de unos gobiernos europeos que están hoy muy por debajo de su fama y de su orgullo.
Da mucho qué pensar ese avión de un presidente indígena que no encuentra por dónde cruzar los cielos del verano, al que no quieren recibir ni en Fiumicino, ni en Charles de Gaulle, ni en Portela ni en Barajas, sólo por la sospecha de que lleve en su cabina al hombre que reveló ese escandaloso espionaje. Dan mucho qué pensar esos cielos cerrados ante la nave soberana de un jefe de Estado, y da mucho qué pensar que sea precisamente un indígena la víctima no de una ofensa, sino de un delito contra el derecho internacional.
En cambio no tiene que extrañarnos que la red de Internet, exhibida por décadas como el tejido integrador del planeta, instrumento de aproximación entre sociedades y culturas, puerto de acceso al océano de memoria acumulada de la especie, y que nos hemos acostumbrado a ver como el cotidiano auxiliar de la vida de millones de terrícolas, nos revele su cara oculta: la de un vasto mecanismo de espionaje que husmea en los gustos y las inclinaciones de cada individuo, registra el historial de sus exploraciones, graba mensajes, dibuja el mapa de los ciudadanos, sus amistades, sus comunicaciones y sus preferencias, y convierte la vida privada en un dosier que manosean y manipulan funcionarios y empresas.
Conociendo los hábitos de la condición humana y las clásicas astucias del poder, no sería raro que estemos marchando todos, dóciles y fascinados, hacia una versión todopoderosa e hipertecnificada de la Gestapo y de la Santa Inquisición. Bien dice la prudencia que los poderes de este mundo no dan tanto a cambio de nada, y sabemos que los correos gratuitos, por ejemplo, se han ido convirtiendo en espacios donde interviene sutilmente el mercado. Uno escribe un mensaje privado sobre Samarkanda o Pernambuco, y al otro día encontrará publicidad de Pernambuco y Samarkanda; uno habla de discos o de góndolas y mañana tendrá su oferta musical o turística en el recuadro. Siempre hay alguien interesado en quiénes somos, qué pensamos o qué queremos, por razones comerciales o profesionales, y no podían tardar los que se interesaran en esos asuntos tremendos o pueriles por razones morales o políticas. Cada internauta va dejando su rastro inconfundible en la telaraña y no dejarán de aparecer las criaturas de ocho patas que le siguen la pista.
El prometedor, el celebrado, el sorprendente, el decepcionante, el muy pronto detestado Barack Obama prosigue su metamorfosis, tratando de convertirse no en el que eligieron sus votantes, sino en el que toleraron el Pentágono y las corporaciones. Si hubiera persistido en su voluntad de encarnar un nuevo paradigma ético para los Estados Unidos y para el mundo, habría contribuido a la distensión y a la convivencia, pero tal vez se habría ganado el odio de los poderes del imperio, y hasta habría terminado padeciendo la suerte de Evo Morales en su avión presidencial. Está experimentando en carne propia lo difícil que es seguir siendo humano cuando se maneja el mayor poder de este mundo, y puede terminar siendo ejemplo perfecto de la famosa sentencia: “El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”.
Había llegado al poder para borrar el desprestigio en que la administración de George Bush hundió a los Estados Unidos; para aliviar la conciencia de un país arrastrado a la barbarie de invasiones militares injustificadas, arrestos clandestinos, torturas infames y campos de concentración por fuera de toda legalidad. Ahora justifica el espionaje sobre sus ciudadanos, ordena las ejecuciones que obran aviones no tripulados, y permite que recomience una política internacional conspirativa e irresponsable, creyendo impedir así la pérdida de hegemonía de su imperio.
Pero América Latina lo mira con indignación, la opinión pública mundial lo mira con asombro, Snowden recorre los pasillos ciegos del aeropuerto de Moscú y, allá, lejos, en el mar del Japón, las armadas de Rusia y de China realizan maniobras militares conjuntas por primera vez en mucho tiempo.
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El estado colombiano III William Ospina
¿Qué hay detrás de todo esto?
Por: William Ospina | Elespectador.com Opinión | Sab, 07/13/2013 - 22:00
Cuando en otros países se preguntan qué hay detrás de los hechos, están tratando de identificar las causas; cuando se lo preguntan en Colombia, están tratando de encontrar un culpable.
En Brasil, después de años de invertir en la comunidad y de un esfuerzo generoso por disminuir la pobreza, el gobierno de Dilma Rousseff, ante el estallido de las protestas populares que piden profundizar la democracia, ofrece a los manifestantes una constituyente. En Colombia, después de décadas de abandono estatal, de exclusión y de desamparo ciudadano, el gobierno, ante el estallido de las protestas, sólo se pregunta qué demonio está detrás de la inconformidad popular.
¿Hasta cuándo les funcionará a los dueños de este país la estrategia de que cuando la gente reclama y se indigna, cuando estalla de exasperación ante una realidad oprobiosa que nadie puede negar, la causa tiene que ser que hay unos malvados infiltrados poniendo a la gente a marchar y a exigir?
Cuando los voceros tradicionales de nuestro país se preguntan ¿qué hay detrás del Catatumbo?, podemos estar seguros de que no van a descubrir tras esas protestas la injusticia, la miseria y el olvido del Estado. No: detrás ha de estar el terrorismo, algún engendro de maldad y de perversidad empeñado en que el país no funcione.
Quién sabe cuánto tiempo les funcionará la estrategia. Una estrategia muy triste, muy antidemocrática, pero que no es nada nuevo. Uno se asombra de que la dirigencia colombiana tenga esa capacidad escalofriante de no aprender de la experiencia, de repetir ad infinitum una manera de manejar el país para la cual todas las expresiones de inconformidad son siempre sospechosas. Y es posible que haya algún infiltrado, pero una golondrina no borra la noche.
Hace demasiado tiempo que protestar en Colombia es sinónimo de rebeldía, de maldad y de mala intención. Todavía flota en la memoria de la nación esa masacre de las bananeras, que no es una anécdota de nuestra historia sino un símbolo de cómo se manejaron siempre los asuntos ciudadanos.
En toda democracia verdadera, protestar, exigir, marchar por las calles es lo normal: es el modo como la ciudadanía de a pie se hace sentir, reclama sus derechos, muestra su fuerza y su poder. Y en todas partes el deber del Estado es manejar los conflictos y escuchar la voz ciudadana, no echar en ese fuego la leña de la represión al tiempo que se niegan las causas reales.
Pero si un delegado de Naciones Unidas dice una verdad que aquí nadie ignora, que “la población allí asentada reclama al Estado, desde hace décadas, el respeto y la garantía de los derechos a la alimentación adecuada y suficiente, a la salud, a la educación, a la electrificación, al agua potable, al alcantarillado, a vías, y acceso al trabajo digno”, y añade que la muerte de cuatro campesinos “indicaría uso excesivo de la fuerza en contra de los manifestantes”, este Estado, que nunca tiene respuestas inmediatas para la ciudadanía, no tarda un segundo en protestar contra la abominable intromisión en los asuntos internos del país; el Congreso se rasga las vestiduras, las instituciones expresan su preocupación, las fuerzas vivas de la patria se indignan y los medios se alarman.
Nadie pregunta si las Naciones Unidas han dicho la verdad, defendiendo a unos seres humanos que son nuestros conciudadanos, una verdad de la que todo el mundo debería poder hablar, así como nosotros podemos hablar de Obama y de Putin, o de los derechos humanos en China. Para esas fuerzas tan prontas a responder, el funcionario está irrespetando al país. Y el irrespeto que el país comete con sus ciudadanos se va quedando atrás, en la niebla, no provoca tanta indignación.
Así fue siempre. Aquí, en los años sesenta y setenta a los estudiantes que protestaban no les montaban un escándalo mediático: les montaban un consejo verbal de guerra. Todo resultaba subversivo. Las más elementales expresiones de la democracia: lo que en Francia y en México hacen todos los días los ciudadanos, y con menos motivos, aquí justificaba que a un estudiante lo llevaran ante los tribunales militares y lo juzgaran como criminal en un consejo de guerra.
Y los directores de los medios de entonces, que eran padres y tíos de los actuales presidentes y candidatos a la presidencia, no veían atrocidad alguna en la conducta del Estado sino que se preguntaban, como siempre, qué maldad estaría detrás de esos estudiantes diabólicos.
Siempre la misma fórmula. Tal vez por ella se entiende que, hace un par de años, un exvicepresidente de la República, sin duda nostálgico de aquellos tiempos en que el papel de los medios era sólo aplaudir al Estado, se preguntaba ante una manifestación estudiantil pacífica por qué la policía no entraba enseguida a inmovilizar con garrotes eléctricos a esos sediciosos.
Esos son nuestros demócratas: la violencia de un Estado que debería estar para servir a la gente y resolver sus problemas, merece su alabanza; pero el pueblo en las calles, que es el verdadero nombre de la democracia, les parece un crimen. Quizá por eso algunos piensan que ese personaje debería gobernar a Colombia: se parece tanto a nuestra vieja historia, que sería el más indicado para perpetuarla.
Ahora bien: si las verdades las dicen las Naciones Unidas, son unos intervencionistas; si las decimos los colombianos, somos unos subversivos, ¿entonces quién tiene derecho aquí a decir la verdad?
¿Y hasta cuándo tendremos que pedir permiso para decirla?
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El estado colombiano II - Piedad Bonnett
Cuestión de imagen
Por: Piedad Bonnett | Elespectador.com Opinión | Sab, 07/06/2013 - 22:00
Todo podría haber sido sencillo y claro. Si cuando un patrullero de la Policía, en un acto irreflexivo, disparó por la espalda a un inocente grafitero, sus compañeros hubieran procedido de acuerdo con los protocolos estipulados, no se habría desencadenado esta espiral de mentiras que tiene hoy a treinta personas al borde de la cárcel y a la ciudadanía justamente escandalizada.
Pero lo que inmediatamente se desató fue una dinámica perversa de ocultamiento que como un remolino fue engullendo desde coroneles y tenientes hasta simples patrulleros, que ahora deben probar su inocencia. Esta lista, que comprende toda una cadena de mando y algunos civiles cómplices, comprados o amenazados, muestra, como en cualquier tragedia de Shakespeare, que una vez se ha echado a rodar la bola de nieve del mal, ya nadie puede detenerla. Lo que hicieron los encubridores con sus manipulaciones fue cavar un camino sin regreso. “He ido tan lejos en el lago de la sangre —dice Macbeth— que si no avanzara más el retroceder sería tan difícil como el ganar la otra orilla”.
El repertorio de personajes de la obra —según lo planteado hasta ahora por la Fiscalía— es amplio: un patrullero que dispara contra un joven por una transgresión que está lejos de ser un delito y luego se niega a confesar su error. Sus compañeros que, mostrando un equivocado sentido de la solidaridad de cuerpo, y una formación ética indigna de su papel social, dejan sin custodia la escena del crimen; un abogado inescrupuloso que apenas llega al lugar de los hechos urde una trama, consigue un arma, hace que la disparen y borra toda huella para fingir un enfrentamiento; un par de coroneles que obligan a sus subalternos a un pacto de silencio, con amenazas veladas; un conductor de bus que asegura que fue atracado por el grafitero; una esposa cómplice; una teniente que se reúne con ellos para presionar la denuncia; varios miembros del equipo de comunicación que tergiversan la versión del crimen; un coronel que supuestamente orquesta toda la operación. Unos padres que han hecho hasta lo imposible porque se haga justicia y que hoy temen por su vida. Y algunos extras.
¿Por qué un caso de exceso policial, fácilmente juzgable y condenable, se convierte en esto? ¿Qué lleva a un número tan considerable de personas a intervenir en esta tragedia, que comienza con un asesinato y termina en un tribunal? Otra vez, como en las obras de Shakespeare, las más diversas pasiones: la cobardía, el miedo, la soberbia que nace del poder, la estupidez, la ambición y hasta la maldad pura, que es la del que usa como evidencia un arma que manda a comprar en cualquier parte. Pero hay una razón que pareciera haber pesado mucho, y que a mí me parece, por fútil, la más reprochable: que algunos de esos jefes de Policía querían evitar el escándalo, o en otras palabras, no dañar la imagen de la institución, sobre todo porque en ese momento se realizaba el Mundial Sub-20. ¡Qué tal el precio! Una cadena de podredumbre para preservar una imagen. Que hoy, por supuesto, ha resultado doblemente dañada, y que ha probado, una vez más, que en este país hasta la sal se corrompe.
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lunes, 4 de julio de 2011
El arte de la salud - William Ospina
Esta bella y provocadora nota de Wiliam Ospina nos propone, a los médicos -incluyo bajo esta denominación a todos quienes nos propusimos en la vida cuidar la salud y la vida de los seres humanos (bueno, eso suena bastante pretencioso)-, un reto bastante interesante, inteligente y hermoso, el de adentrarnos en otros campos que, finalmente, nos proporcionarán grandes goces. Algo de esta nota nos recuerda, también, aquella frase de José de Letamendi: El médico que sólo sabe medicina, ni medicina sabe.
EL ARTE DE LA SALUD
Por: William Ospina | Elespectador.com
Es un error pensar que la medicina puede encargarse de resolver todos los problemas de la salud.
La enfermedad suele tener una causa física, pero siempre revela un desajuste entre el cuerpo y el espíritu, entre la materia y el alma, entre el mundo y el lenguaje. Por eso son tan importantes los afectos, las palabras, los libros, como instrumentos poderosos en el proceso de reencuentro con la plenitud de la vida y del cuerpo.
Algún columnista hablaba en estos días de la situación que se describe en La montaña mágica de Thomas Mann, donde hombres que convalecen, apartados del mundo, en un sanatorio de las montañas, discurren sobre todos los temas imaginables como si estuvieran resanando las grietas de la historia, las fisuras del pensamiento, los males de la imaginación.
La literatura es también un bálsamo cicatrizante, una pócima curativa, un gran remedio, mal que les pese a quienes temen que convertir estas cosas sublimes en instrumentos terapéuticos sea rebajarlas o degradarlas. Así como la capacidad de cicatrizar es uno de los grandes misterios de la vida, aliviarse no es cosa trivial, recuperar la vitalidad, la alianza armoniosa del cuerpo y el espíritu es uno de los hechos milagrosos de la condición humana; y combinar las sustancias químicas con las espirituales, las terapias físicas con las artes del lenguaje, la medicina con el pensamiento, son altos recursos de sabiduría.
Siempre he pensado que los hospitales deberían ser también grandes bibliotecas, espacios de la música y del arte, escenarios de la creación y la conversación; pienso que no se han utilizado suficientemente en la historia los recursos del lenguaje, la belleza y la armonía para devolverle al cuerpo equilibrio, voluntad y entusiasmo.
Nunca como cuando he estado enfermo he necesitado tanto de la conversación inteligente, de la lectura filosófica y de la imaginación activa. Nunca he sentido tan necesario el contacto con la naturaleza, con bosques vivos y aguas puras, con el aire fresco y el espectáculo de la vida silvestre.
Es verdad que una de las posibilidades de la enfermedad es la muerte: ésta siempre será más dulce en un medio afectuoso, bello, sereno, cargado de la seriedad de las cosas grandes, de esas que nada asume con mayor plenitud que la poesía y las artes. Pero la principal de las posibilidades de la enfermedad es la reconciliación con los misterios de la condición humana, un reconcentrarse en las más antiguas preguntas y los más elevados propósitos, y nada es tan saludable como no confundirse con la enfermedad: tomar partido por todo lo que sigue siendo sano, por la razón que piensa bien, por la imaginación que inventa bien, por el lenguaje que razona con lucidez, comunica con pasión, se ordena con belleza y discurre con sinceridad y con alegría.
La enfermedad es una oportunidad de reencontrarse con el cuerpo, con los elementos, con los milagros del movimiento, la sensibilidad, la intuición y la fantasía. “Ni siquiera podemos saber qué tan ricos o pobres somos —decía Chesterton— porque todo es regalo”. Pero qué bien le sientan a un convaleciente la lectura del Zarathustra de Nietzsche o de las Hojas de hierba de Walt Whitman, del Hiperión de Hölderlin, del Banquete de Platón o de Los alimentos terrestres de André Gide, de los Idus de marzo de Thornton Wilder o de La Tempestad de Shakespeare, de las Mil y una noches o de La monja Alférez de Thomas de Quincey, del César y Cleopatra de Bernard Shaw o de las Sátiras de Marcial, de la Oda a un ruiseñor de John Keats o del Tema de las mutaciones del mar de John Peale Bishop, textos saludables, altaneros, llenos de vida y de lucidez, siempre deliciosos y a veces impúdicos, que hicieron inmortales a sus autores y que le contagian un poco de desafiante inmortalidad a todo el que los lee.
Es verdad que existen, para casos extremos, el milagro químico y el milagro quirúrgico, pero esos milagros no pueden ser suficientes. Cada quien debe saber con qué música se alivia. Cada quien sabe, o debería dedicarse a descubrirlo, para qué enfermedades son bálsamos el Jardín de las delicias del Bosco, las Meninas de Velásquez, los grabados de Durero o la Niña guiando al minotauro ciego de Pablo Picasso.
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http://www.elespectador.com/impreso/opinion/columna-281536-el-arte-de-salud
EL ARTE DE LA SALUD
Por: William Ospina | Elespectador.com
Es un error pensar que la medicina puede encargarse de resolver todos los problemas de la salud.
La enfermedad suele tener una causa física, pero siempre revela un desajuste entre el cuerpo y el espíritu, entre la materia y el alma, entre el mundo y el lenguaje. Por eso son tan importantes los afectos, las palabras, los libros, como instrumentos poderosos en el proceso de reencuentro con la plenitud de la vida y del cuerpo.
Algún columnista hablaba en estos días de la situación que se describe en La montaña mágica de Thomas Mann, donde hombres que convalecen, apartados del mundo, en un sanatorio de las montañas, discurren sobre todos los temas imaginables como si estuvieran resanando las grietas de la historia, las fisuras del pensamiento, los males de la imaginación.
La literatura es también un bálsamo cicatrizante, una pócima curativa, un gran remedio, mal que les pese a quienes temen que convertir estas cosas sublimes en instrumentos terapéuticos sea rebajarlas o degradarlas. Así como la capacidad de cicatrizar es uno de los grandes misterios de la vida, aliviarse no es cosa trivial, recuperar la vitalidad, la alianza armoniosa del cuerpo y el espíritu es uno de los hechos milagrosos de la condición humana; y combinar las sustancias químicas con las espirituales, las terapias físicas con las artes del lenguaje, la medicina con el pensamiento, son altos recursos de sabiduría.
Siempre he pensado que los hospitales deberían ser también grandes bibliotecas, espacios de la música y del arte, escenarios de la creación y la conversación; pienso que no se han utilizado suficientemente en la historia los recursos del lenguaje, la belleza y la armonía para devolverle al cuerpo equilibrio, voluntad y entusiasmo.
Nunca como cuando he estado enfermo he necesitado tanto de la conversación inteligente, de la lectura filosófica y de la imaginación activa. Nunca he sentido tan necesario el contacto con la naturaleza, con bosques vivos y aguas puras, con el aire fresco y el espectáculo de la vida silvestre.
Es verdad que una de las posibilidades de la enfermedad es la muerte: ésta siempre será más dulce en un medio afectuoso, bello, sereno, cargado de la seriedad de las cosas grandes, de esas que nada asume con mayor plenitud que la poesía y las artes. Pero la principal de las posibilidades de la enfermedad es la reconciliación con los misterios de la condición humana, un reconcentrarse en las más antiguas preguntas y los más elevados propósitos, y nada es tan saludable como no confundirse con la enfermedad: tomar partido por todo lo que sigue siendo sano, por la razón que piensa bien, por la imaginación que inventa bien, por el lenguaje que razona con lucidez, comunica con pasión, se ordena con belleza y discurre con sinceridad y con alegría.
La enfermedad es una oportunidad de reencontrarse con el cuerpo, con los elementos, con los milagros del movimiento, la sensibilidad, la intuición y la fantasía. “Ni siquiera podemos saber qué tan ricos o pobres somos —decía Chesterton— porque todo es regalo”. Pero qué bien le sientan a un convaleciente la lectura del Zarathustra de Nietzsche o de las Hojas de hierba de Walt Whitman, del Hiperión de Hölderlin, del Banquete de Platón o de Los alimentos terrestres de André Gide, de los Idus de marzo de Thornton Wilder o de La Tempestad de Shakespeare, de las Mil y una noches o de La monja Alférez de Thomas de Quincey, del César y Cleopatra de Bernard Shaw o de las Sátiras de Marcial, de la Oda a un ruiseñor de John Keats o del Tema de las mutaciones del mar de John Peale Bishop, textos saludables, altaneros, llenos de vida y de lucidez, siempre deliciosos y a veces impúdicos, que hicieron inmortales a sus autores y que le contagian un poco de desafiante inmortalidad a todo el que los lee.
Es verdad que existen, para casos extremos, el milagro químico y el milagro quirúrgico, pero esos milagros no pueden ser suficientes. Cada quien debe saber con qué música se alivia. Cada quien sabe, o debería dedicarse a descubrirlo, para qué enfermedades son bálsamos el Jardín de las delicias del Bosco, las Meninas de Velásquez, los grabados de Durero o la Niña guiando al minotauro ciego de Pablo Picasso.
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Etiquetas:
Reflexiones sobre la medicina
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